ARCHIVO 050

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Marc

Hay algo diferente en ella.

Algo que no sé nombrar, que va más allá del deseo crudo que chisporrotea entre nosotros.

No es solo el brillo en sus ojos ni la forma en que su cuerpo me busca; es algo más profundo, como un latido secreto que vibra entre nosotros, algo que no alcanzo a entender pero que me atrapa por completo.

Ella regresa luego de que alguien la llamara y nos interrumpió, su cuerpo todavía emanando calor, su mirada aún nublada de deseo.

Viene hacia mí con el ceño fruncido, pero no hay enojo en su expresión: solo hambre. Hambre de mí.

—¿Por qué te lo guardaste? —me recrimina, su voz áspera, rota de deseo contenido.

Parpadeo, desconcertado.

Sigue con la mirada mi entrepierna, y cuando bajo la vista, veo la evidencia: estoy duro. Dolorosamente duro.

—Pensé que ya... —balbuceo, la vergüenza de parecer desesperado rozándome la piel.

Ella niega con una sonrisa ladina, oscura, esa sonrisa que promete tormenta.

—No —dice, su voz goteando lujuria—. Todavía tengo antojo.

¿Antojo?

La palabra cae pesada entre nosotros.

Un antojo insaciable. Un antojo que arde y exige ser saciado.

Ella se sienta en el borde de la cama, abriendo las piernas en una invitación descarada. No pregunta. No duda. Me exige.

Mi cuerpo actúa antes que mi mente.

Cruzo la distancia de un paso, desabrochándome el cinturón con manos temblorosas de necesidad.

Ella no espera: tira de mi pantalón y mi ropa interior, dejándolos caer al suelo, y sus manos se aferran a mis glúteos con fuerza, como si quisiera anclarme a ella.

Mi miembro, rígido, late violentamente entre nosotros, rozando sus labios.

—Mío —susurra, con una ferocidad posesiva que me atraviesa hasta los huesos.

—Sí, tuyo —gruño, ofreciéndole todo lo que soy —tómalo.

Sin romper el contacto visual, me toma entre sus labios.

No hay dulzura en su movimiento; es voraz, hambrienta, como si necesitara arrancarme hasta la última gota.

Su boca es un infierno húmedo, cálido, perfecto.

Siento su lengua envolviéndome, trazando círculos sucios en el glande antes de devorarlo por completo.

Se hunde hasta el fondo, tragándoselo todo, hasta que su nariz choca contra mi pelvis.

Gimo, el sonido gutural escapándose de mi garganta sin control.

Ella se retira lentamente, dejando un rastro de saliva brillante, solo para volver a engullirme de golpe, golpeando mi garganta en cada embestida.

—Así... —murmuro, jadeando, mis manos enterrándose en su cabello—. No te detengas, chérie.

Ella no lo hace.

Me devora. Me destruye.

Siento cómo su lengua juega, cómo succiona tan fuerte que el dolor se mezcla deliciosamente con el placer.

Me está desarmando, lamiéndome las venas, lamiéndome el alma.

—Sabes bien —susurra contra la base, antes de lamerme los huevos, húmeda, sucia, deliciosa.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora