T.
Me dirijo a mi apartamento con las manos aún impregnadas del calor de su polla, el clítoris palpitante como si él aún estuviera dentro de mí.
Cada paso que doy es una maldición. Cada semáforo en rojo, un recordatorio de lo que me hizo sentir. De lo que me arrancó sin permiso.
Ese hombre... ese maldito hombre.
El placer que me dio no era solo físico. Era una invasión.
Una conquista que me dejó vacía.
Y la idea de que esa exesposa arrogante, o alguna zorra de sonrisa perfecta y manicura francesa, se atreva siquiera a tocar lo que fue mío, me envenena desde adentro.
Al llegar a casa, me deshago del vestido como si quemara. El encaje, los tacones, los labios pintados... todo va al suelo.
Cambio el rojo del deseo por el gris del control.
Sudadera, leggins, zapatillas.
Lentes fuera, lentillas a la basura.
Peluca pelirroja, maquillaje neutro.
De Lena no queda ni el eco.
Recojo mis herramientas, las meto en la mochila. Enciendo un cigarro, le doy una calada larga y amarga mientras la radio del coche —conectada a la frecuencia hackeada de la policía— escupe caos:
"Sujeto con antecedentes de abuso de menores evadió el arresto domiciliario. Última ubicación: calle 42 con Central Park West. Se solicita apoyo para la recaptura."
Perfecto.
La adrenalina se activa. Las manos se tensan sobre el volante.
Esta noche, alguien va a pagar.
Acelero. La ciudad es un nido de víboras y yo soy la serpiente alfa.
Pero justo al pasar por un restaurante de comida rápida, la escena me detiene: una mujer de unos cincuenta años zarandea a un crío flacucho, apenas unos años mayor que Rosie.
Sus gritos se mezclan con la histeria nocturna.
—¿Algún problema, señora? —pregunto desde la ventanilla mientras aparco sobre la acera.
—¡Esta rata intentó robarme la cartera! —grita, indignada, como si su mundo se hubiera derrumbado.
La miro. Luego lo miro a él.
El chico está hecho polvo. Harapos rotos, piel curtida por el frío, las ojeras más marcadas que cicatrices.
Huele a calle, a abandono. Y ni siquiera lucha. No porque se rinda. Sino porque sabe que nadie pelea por él.
—Ya se lo impidió —le digo con calma a la mujer—. Déjelo ir.
—¡¿Qué dice?! —explota, con los ojos saliéndole de la cara—. ¡Está loca! ¡La policía viene en camino!
Salgo del auto. Me acerco.
Y ahí lo veo claro: no es rabia lo que tiene. Es poder. El placer sucio de sentir que alguien depende de su misericordia que le da el derecho a humillar.
—¿Sabe qué es eso, señora? —le susurro, sacando la navaja suiza de mi bolsillo con una sonrisa torcida—. Es su oportunidad de callarse.
La hoja brilla justo lo suficiente para hacerla temblar.
Ella da un paso atrás, las palabras se le congelan en la garganta. Pálida. Patética.
—Vámonos —le ordeno al chico sin mirarlo.
Él me sigue. Ni pregunta.
Sabe que esta noche le salvó la vida una desconocida que huele a cigarro y sangre contenida.
Antes de seguir, me giro hacia ella una última vez.
—Si llega la policía, di que se te cayó la cartera. Que alguien más la agarró y corrió. ¿Estamos?
Ella asiente, muda. Casi llorando.
Arrastro al mocoso hacia el restaurante con una fuerza que no me molesto en disimular. Me sorprende su resistencia, cómo forcejea en silencio, como si aún le quedaran uñas con las que defenderse. Me pregunto cómo demonios una vieja pudo mantenerlo a raya. Probablemente fue el miedo. El mismo miedo que ahora le tiembla en las pestañas.
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Tras de ti
Mystery / ThrillerElla tiene un objetivo: ir tras él. ¿Pero qué pasa cuando la leona empieza a compadecerse de su presa y comienza a verlo con otros ojos? Él, un político que está a punto de ascender junto a su partido, sin imaginarse que, a ciegas, le ha abierto las...
