ARCHIVO 066

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Thaile

Me trasladaron en un convoy blindado, bajo el amparo de la noche, hacia el Centro de Detención Especializada de la ACCIA: un edificio tan oculto como temido, enterrado a varios niveles bajo tierra, fuera del alcance de cualquier ley o conciencia pública.

Las puertas de acero, gruesas como búnkeres militares, se cerraron a mi espalda con un eco sordo y final.

Aquí, la piedad era un concepto arcaico, olvidado como las ruinas de civilizaciones muertas.

Los pasillos estaban revestidos de metal ennegrecido y cámaras térmicas seguían cada uno de mis movimientos, aunque sabían que yo era intocable aquí. El ambiente olía a desinfectante industrial, sudor seco y algo más rancio: desesperanza.

Bajé varios niveles en el ascensor de seguridad, pasando las zonas donde se almacenaban los cuerpos que no habían soportado el régimen. Finalmente, llegué al nivel más profundo: el Sector de Aislamiento Estratégico.

Una puerta de titanio se abrió ante mí con un siseo presurizado, revelando la sala de control.

Me instalé frente al gran escritorio, una obra de ingeniería oscura: servidores incrustados en el mármol negro, cables brillando como venas bajo una cubierta de vidrio templado. Varias consolas táctiles proyectaban hologramas tridimensionales sobre la mesa, permitiéndome visualizar los niveles de resistencia, frecuencia cardíaca, niveles de oxígeno y neurotransmisores de cada "paciente".

Todo medido. Todo calibrado. Todo fríamente científico.

La habitación estaba iluminada con una luz roja tenue, diseñada para mantener la mente del operador despierta y aumentar la percepción de amenaza en los prisioneros.

Apreté algunos comandos; el zumbido de las máquinas fue como el ronroneo de una bestia ansiosa.

La primera imagen apareció en la pantalla principal: Kenny.

Suspensa en el centro de una celda insonorizada, completamente desnuda, colgada de los tobillos por cadenas industriales que le cortaban la circulación.

Sus muñecas estaban atadas a la espalda, obligando a su cuerpo a arquearse en un ángulo antinatural, exponiendo cada músculo tembloroso a la gravedad impiadosa.

Su piel, pálida bajo la luz clínica, mostraba los primeros signos de estrés: marcas moradas, pequeños cortes donde los grilletes se clavaban.

Cada espasmo de su cuerpo era registrado en tiempo real por los sensores de la consola.

Me acerqué al micrófono.

Mi voz resonó en los altavoces ocultos de la celda, impregnada de un tono dulce que contrastaba obscenamente con la brutalidad de su situación.

—Hola, Kenny.

La reacción fue inmediata.

Su cuerpo, que luchaba desesperadamente contra el dolor, quedó tenso, inmóvil, como si mis palabras hubieran congelado su alma.

Alzó la cabeza con esfuerzo.

Sus ojos vidriosos buscaron la fuente de la voz, encontrando en la pantalla mi imagen proyectada: inmutable, serena, inalcanzable.

Con un destello de arrogancia en el fondo de su mirada, Kenny forzó una sonrisa sarcástica, esa máscara rota de quien aún pretende tener control cuando todo lo que le queda es su orgullo.

Perfecto.

Era exactamente lo que quería.

Aquí, en esta tumba de acero y tecnología, yo no sólo destruiría su cuerpo.

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