ARCHIVO 011

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T.

Llego a la residencia Turner y, como siempre, Alice me recibe con su habitual cara de amargura. Si los rumores son ciertos, ni el dinero del viejo Elías ni sus masajes rejuvenecedores han logrado extraer esa expresión de "mal cogida" que lleva tatuada en el alma. Me conduce a un salón que no había visto antes, decorado con muebles exteriores grises, como si la casa se reinventara a sí misma para ocultar secretos en cada rincón. Esto no es una mansión. Es una madriguera de máscaras y pasadizos emocionales.

Marc ya me espera. Se pone de pie apenas entra, como si yo fuera la estrella indiscutible de esta puesta en escena. Su sonrisa se ilumina con una mezcla de adoración y hambre contenida. Me tiende la mano. La tomo. Y disfruto del modo en que sus ojos recorren cada curva de mi cuerpo, como si memorizara un mapa que solo él tiene permiso de explorar.

—Sencillamente espectacular —susurra cerca de mi mejilla antes de rozarla con sus labios.

Roger, siempre tenso, me lanza una mirada que mezcla discreción con advertencia. Francisco, en cambio, me toma la mano como si estuviéramos en algún maldito baile de debutantes y la besa con una teatralidad que me repugna. Charlotte apenas puede contener el veneno en su mirada. La nota vibrar de odio contenida tras su copa de vino.

—¡Lena! —la voz cálida de Rosie me rescata—. ¡Viniste!

La niña me abraza con entusiasmo genuino. Le devuelvo el gesto con dulzura hasta que su madre la aparta para estrecharla contra sí, como si necesitara reclamar lo que aún cree suyo.

—Así que usted es la encantadora maestra de mi nieta —dice Elías Turner, plantado frente a mí con una elegancia que se arrastra como sombra peligrosa.

—Mucho gusto, señor —respondo.

Le tiendo la mano. Él la toma, se la lleva a los labios y deja en ella un beso suave.

—El placer es todo mío —declara, con una sonrisa que revela de dónde heredó Marc su magnetismo oscuro—. Ahora entiendo por qué mi hijo está tan distraído últimamente.

—Y eso que no la ha visto en acción —bromea Marc con una mirada cómplice que guarda promesas apenas veladas.

Mi corazón da un salto, pero no por ternura. Es el peligro. El maldito encanto del fuego cuando sabes que vas a quemarte.

—¡Ay, qué encanto! —ríe Elías—. Se ha sonrojado.

¡Mierda! ¡Cómo los odio!

Me contengo. No porque me importe la burla, sino porque me fascina esta dinámica. Este juego en el que todos creen que están ganando. Pero yo... yo soy la que reparte las cartas.

Marc me invita a sentarme a su lado en un sillón amplio. Me acomodo con naturalidad y coloco su mano sobre mi muslo, como si fuera un gesto casual, íntimo, completamente controlado. Él comienza a contarme su día, sus planes, sus ideas para la campaña. Yo lo escucho con atención, como una amante fiel y una estratega silenciosa.

—Y cuénteme, señor —le digo a Elías con una sonrisa medida—, ¿qué tal París? La ciudad del amor debe ser encantadora.

Elías me observa. No responde de inmediato. Yo evalúo. Su mirada se posa sobre mí como un bisturí afilado.

—París es un lugar inolvidable —dice al fin, con un suspiro melancólico—. Uno de esos sitios que dejan cicatrices... hermosas. ¿Lo has visitado?

—No. No aún —respondo con sinceridad—. Pero definitivamente es un destino que deseo experimentar algún día.

Charlotte, que había estado saboreando el silencio para preparar su ataque, no puede resistirse más.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora