ARCHIVO 037

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Thaile

Una alarma estridente desgarró el amanecer como un grito metálico, rebotando sin piedad en cada muro de concreto. Mi cuerpo se estremeció al compás del sonido. Apenas había logrado cerrar los ojos, y el caos ya me reclamaba de vuelta. Aunque para ser sincera, tampoco había sido fácil dormir con las gemiditas falsas de las dos de abajo follando como si el amor naciera entre barrotes.

Intenté aferrarme a la almohada flácida, a ese mínimo consuelo entre el dolor de espalda y los moretones que aún ardían. Me rendí pronto.

—¿Noche dura, princesita? —La voz de Barbie llegó como una carcajada venenosa antes de que su mano me estrellara una nalgada, fuerte, ruidosa, provocadora.

Salté, no por sorpresa, sino por el maldito ardor.

—Vamos, tienes mucho que conocer —siguió ella, con ese tono que quería sonar dulce y solo sabía a desesperación. Su mirada brillaba con morbo. Aquí, la debilidad es entretenimiento.

Me acurruqué más, hundiéndome en la almohada como si el encierro no me hubiera arrancado ya lo poco de paz que quedaba en mí.

—Déjame en paz —gruñí, con la voz ronca, apretando los dientes.

—No me obligues a tirarte de ahí arriba, princesa —intervino Perica desde abajo, con esa voz de arpía que se creía reina en esta pocilga. El tono no era una amenaza, era una promesa retorcida.

Sabía que no iba a ganar esta batalla. No aún. No esta semana. Tal vez después.

Solté un suspiro áspero, resignado, y me incorporé, sintiendo el tirón en las costillas, los moretones que el colchón no había conseguido calmar, el dolor que aún respiraba bajo mi piel. Enrollé la sobrecama con parsimonia, sin prisa. Mostrar debilidad es un error, pero moverse demasiado rápido también lo es. Aquí, cualquier cosa puede interpretarse como una invitación o un desafío.

Bajé los escalones de fierro, uno a uno, dejando que el eco de mis pasos fuera lo único que sonara por encima de las risas mal disimuladas y el zumbido persistente de la alarma. Todo en esta cárcel apestaba a cuerpo, a miedo y a poder mal distribuido. Y yo... yo aún no sabía en qué casilla me iban a encerrar.

Pero que no se equivoquen.

No soy la presa.

Solo estoy esperando a que abran la jaula.

Como si el destino tuviera un retorcido sentido del humor, descubrí que mis cosas ya no estaban. Ni una toalla, ni un jabón, ni siquiera el puto cepillo de dientes. Todo había terminado en el basurero, esparcido como si alguien hubiera querido darme la bienvenida al infierno con una sonrisa torcida.

Solté un suspiro que no era resignación, era rabia contenida con maquillaje de calma. Pediría otro kit de higiene. Claro. Pero la memoria de quienes me jodieron no iba a borrarse tan fácil.

Me acerqué al lavamanos de acero opaco y dejé que el agua helada me golpeara la cara. Era como un latigazo glacial, pero mis neuronas, aún aturdidas por la falta de sueño y el resentimiento, agradecieron el sacudón. Era mejor el frío que la apatía. El frío me mantenía despierta. Viva.

El chirrido de las puertas metálicas anunciando la apertura de las celdas sonó como un disparo. Salimos como ganado en fila, arrastrando el silencio pegajoso del amanecer carcelario. Al llegar al comedor, sentí las miradas caer sobre mí como cuchillas: algunas afiladas, otras hambrientas, muchas contaminadas de morbo.

No había necesidad de voltear. Las sentía. Ardían.

—Dios, entiendo que tengo mi reputación, pero tampoco es para tanto —bufé, sin ocultar el veneno—. Les voy a mandar hacer posters, tamaño altar. Así pueden rezarme en condiciones.

Tras de tiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora