Thaile
De camino a mi departamento, me detengo en una farmacia y compro la píldora del día después. La trago sin agua, de pie, junto al estante de preservativos. El sabor amargo me quema la lengua, pero no tanto como la confirmación tácita de lo que hice anoche. Wilson tenía razón. Qué jodido fastidio.
Paso por un restaurante chino y, mientras espero mi orden, reviso que los pedidos que hice esta mañana ya estén en camino. Lo están. Todo llega cuando lo necesito, menos las cosas que de verdad importan.
Cuando llego a casa, el niñato está desplomado frente a la televisión. Ríe con la boca abierta, como si el mundo no acabara de incendiarse allá fuera.
—Disfruta lo que puedas —le digo sin mirarlo—. El lunes empiezas clases.
Gira los ojos con dramatismo. Casi adolescente al fin. Me importaría más si no me estuviera doliendo hasta el alma.
Sirvo el ramen y saco una bolsa de arándanos congelados del congelador. Me la pongo en el labio, que ya siento más inflamado que mi dignidad, y luego en la frente, donde un moretón late con el ritmo de mi corazón.
—¿Qué te pasó? —pregunta el niño al acercarse por su plato, clavando sus ojos en mi cara.
—Nada.
—No me mientas. La otra vez también tenías un golpe.
—¿Me creerías si te digo que peleé con Bruce Lee? —digo, aludiendo a lo que veo que está viendo en la televisión.
Él me mira con una mezcla de escepticismo y enfado infantil.
—Eso no puede ser verdad.
—Estoy bien —le digo, sin más—. Come.
Se va con el plato, y yo me instalo en mi escritorio. Enciendo la portátil. El vapor del ramen empaña mis lentes por un segundo, y el olor me revuelve el estómago. No por el hambre. Por el asco.
Escribo sin pensar.
[¿Tú mandaste a esos hombres?]
La respuesta llega rápido, sin rodeos.
[Sí. Tú no has hecho nada. Y si tengo que arrastrarte con él por puta, lo haré.]
Me quedo mirando la pantalla.
Sin parpadear.
Sin respirar.
El mensaje es claro: ya sabe quién soy.
Y peor aún, lo que siento.
La comida se me convierte en piedra. Tengo el estómago vacío desde anoche, pero las náuseas son lo único que logro tragar.
No soy una niña.
No me rompo fácil.
Pero hay cosas que ni siquiera los años te preparan para enfrentar. Como darte cuenta que, de todos los enemigos posibles, el que más peligro representa... es el que conoce tu debilidad.
Y Marc Turner se ha convertido en la mía.
Termino de comer con la garganta aún apretada por la conversación anterior. Me levanto sin decir nada, saco el manojo de llaves de mi chaqueta y busco la más vieja, la oxidada, la que nunca uso. Abro la puerta del cuarto extra.
Ese cuarto huele a tiempo detenido.
Es un santuario improvisado de lo que fui, de lo que perdí, de lo que todavía no he podido enterrar.
Ahí dentro está la colección de discos de vinilo de papá. Nunca escuchamos uno solo. Ni siquiera tenía reproductor. Pero para él, eran reliquias sagradas.
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Tras de ti
Misterio / SuspensoElla tiene un objetivo: ir tras él. ¿Pero qué pasa cuando la leona empieza a compadecerse de su presa y comienza a verlo con otros ojos? Él, un político que está a punto de ascender junto a su partido, sin imaginarse que, a ciegas, le ha abierto las...
