ARCHIVO 026

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Thaile

Estoy en un cuarto negro como tinta, un vacío sin forma que me traga desde los pies. No hay paredes, ni suelo, ni cielo... solo el eco de mi respiración quebrada y los latidos de mi corazón golpeando como tambores de guerra.

Late.

Late.

Late.

De repente, una luz amarilla irrumpe violentamente al frente. Me ciega. Me quema. Me hace retroceder como si fuera una condenada sorprendida por el juicio final. Me cubro los ojos con las manos temblorosas, pero no puedo evitar escuchar lo que viene con esa luz.

—¡Fuiste tú! —grita una voz que parte mi pecho en dos.

Marc.

Ese tono dolido, enfurecido, irreconocible. Lo busco con la mirada, pero solo hay sombras. No puedo verlo. Solo escucharlo.

—¡Asesina!

Doy un paso atrás... y otra voz me golpea por detrás.

—¡Fue ella! ¡Ella lo hizo!

Giro en seco. Nicolás. Su mirada, mezcla de pánico y traición, se clava en mí como un puñal oxidado. Me apunta con el dedo, como si yo fuera el monstruo que él temía y nunca quiso nombrar.

A su lado está Blanca. No dice nada, pero su expresión lo dice todo. Decepción. Repudio. Como si se preguntara cómo pudo parirme.

—No... —susurro, pero mi voz no tiene peso. No hay aire. Solo culpa.

Mis ojos ya se han adaptado a la luz, pero la escena que aparece frente a mí es peor que cualquier oscuridad.

Marc está allí. Esta vez sí lo veo.

Y desearía no hacerlo.

Su rostro, normalmente contenido, se ha transformado en algo frío, ajeno.

Sus ojos azules, antes mi refugio, ahora son puñales helados cargados de odio.

—¡Asesina! —gritan todos. Al unísono. Como un coro macabro.

Sus voces rebotan en mi cráneo, me desangran desde adentro. Siento que el suelo —si es que existe— comienza a girar. Todo da vueltas. Las palabras me caen encima como piedras. La sangre me zumba en los oídos. Me cubro la cabeza, los oídos, cierro los ojos con fuerza, deseando que este infierno termine.

—¡Basta!

Pero no se detienen. Y lo peor es que...

Una parte de mí cree que tienen razón.

Y entonces, como si alguien me arrancara de esa escena con un tirón violento, despierto.

Mi cuerpo se sacude. Estoy empapada en sudor frío. El corazón me martillea el pecho. Me toma unos segundos entender que no estoy en el infierno, ni en mi departamento. Ni siquiera en mi cama.

Estoy en la suya.

La habitación aún está a oscuras, solo bañada por el débil resplandor de una farola que se cuela por la ventana. Escucho la respiración tranquila de Marc a mi lado. Su brazo está sobre mí, y por un segundo me cuesta distinguir si es alivio o angustia lo que me provoca su tacto.

Me enderezo, llevándome una mano al pecho. Me arde.

El eco de esa palabra sigue vibrando en mi mente.

Asesina.

Porque aunque fue una pesadilla... no está muy lejos de la realidad.

Me giro en la cama, aún sacudida por la pesadilla, y choco con una espalda tibia, ancha, familiar.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora