ARCHIVO 035

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Thaile

El conflicto entre lo que debes hacer y lo que deseas... es una maldita prisión sin barrotes. Una que te ahoga, que te calcina por dentro. Porque cuando finalmente deseas retener algo —o alguien—, el universo se encarga de recordarte que no lo mereces.

—¡Ange, soy mamá, por favor, no hagas esto y sal! —La voz de Blanca se quiebra al otro lado de la puerta. El tono maternal me da náuseas.

—No quiero que te hagan daño.

Ruedo los ojos. Tarde. Muy tarde para eso.

—Se acabó, no tienes salida, Thai..... —Marc se corrige, como si mi nombre fuese un insulto en su boca—. Como sea que te llames.

Le sonrío con ironía mientras miro mi smartwatch.

—Eso lo decido yo. Según el protocolo de persuasión, aún quedan quince minutos para la segunda ronda de súplicas, y otros quince para que el SWAT entre creyendo que pueden conmigo. —Levanto la mirada—. Pero me bastan dos.

Él frunce el ceño. Le molesta que siga teniendo el control. Que incluso ahora, encerrada, con el tiempo en contra, siga siendo yo la que marque el ritmo.

—Escúchame —le digo, y esta vez hay algo más oscuro que amenaza en mi voz—, tuviste suerte de que me entretuviera contigo. Muy poca gente la ha tenido. Pero no todos serán tan considerados... la próxima vez, no esperes misericordia.

—¿Y ahora de qué estás hablando?

Levanto el dedo en señal de silencio. Cierro los ojos un instante. Pienso en el cliente. En el encargo. En el fracaso.

—Él... el cliente. Cuando se entere de que no cumplí el objetivo, contratará a alguien más. Alguien sin mis escrúpulos ni mi debilidad temporal. Alguien que no se distraiga con tu maldita voz ni con tu forma de mirarme como si aún quedara algo en mí que valiera la pena.

Mi confesión vuela como un susurro entre nosotros, y por primera vez, Marc no sabe qué decir.

—Cuida a Rosie. Es brillante como tú... y tan hermosa como su madre. Demasiado. Los hombres como Francisco ya la huelen, ya la acechan. Habrá más. No permitas que la destruyan como a mí.

Sus ojos se entrecierran. No entiende por qué le hablo así. No aún.

—Y Nico... Asegúrate de que Blanca le dé la familia que nunca tuvimos. Si no lo hacen, si lo arruinan, si lo rompen... —mi voz se vuelve filo—, juro que volveré, y no tendrán la suerte de sobrevivir.

—¿Él es tu...?

—No es mío —corto de inmediato, tajante, sin emoción—. Pero merece una mejor vida que la nuestra. Una vida lejos de las armas, de las mentiras, del asco. No la iba a encontrar conmigo, pero tal vez ustedes... —me obligo a tragar saliva—, tal vez ustedes puedan dársela. Solo no lo malcríen demasiado.

Él me observa como si viera a otra persona dentro de mí, como si por un instante hubiese dejado caer la máscara de monstruo.

—Me alegra saber que al menos hay alguien que te importa.

—No te confundas —respondo con frialdad—. Las únicas personas que me importaban están muertas. Lo demás... son cuentas pendientes. Cadenas rotas. Promesas incumplidas. Pero ningún niño debería vivir lo que nosotros vivimos. Nadie debería aprender a matar para sobrevivir.

Su expresión cambia. Algo en él tiembla. No es miedo. Es algo más peligroso: comprensión.

Y eso... eso lo hace aún más difícil de dejar atrás.

Tras de tiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora