ARCHIVO 059

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Narrador omnisciente

Después del derrumbe emocional que la desgarró, Thaile avanzaba como un espectro, más liviana, sí, pero consumida por un cansancio que no se curaría con el sueño. Volver al barrio, a las cenizas de todo lo que alguna vez amó, era un abismo demasiado cruel para su alma lacerada. Aceptó regresar a la mansión, no porque la considerara su hogar, sino porque en medio de sus ruinas era el único lugar donde aún podía esconderse de sí misma.

La recibieron al pie de la escalinata principal. Blanca fue la primera en alcanzarla, un remolino de dolor y ternura que la envolvió sin pedir permiso.

—Oh, mi ange —susurró, abrazándola como si pudiera retener los pedazos que a Thaile se le escapaban—, ellos siempre estarán con nosotras.

A su lado, Elías observaba en silencio, la sombra de un guerrero viejo que sabía cuándo no bastaban las palabras. Nico, rígido junto a su padre, miraba a Thaile con los ojos húmedos de un dolor que se parecía demasiado al suyo. Roger, torpe como siempre, intentó acercarse.

—Thaile... —murmuró, con una torpeza conmovedora— siento mucho lo que pasó. Traté de detener a Charlotte cuando vi que iba a tu cuarto, pero...

Ella sostuvo su mirada, rota pero invicta, como una reina caída que todavía recordaba cómo se empuñaba una espada.

—Tranquilo —replicó, su voz más firme de lo que su cuerpo podía sostener—. Tarde o temprano iba a tener que saberlo, ¿no?

Sin esperar respuesta, se giró.

—Quiero irme a mi cuarto, si me disculpan.

—Yo te acompaño, ange —se ofreció Blanca al instante, como si temiera que Thaile se desmoronara en cualquier momento.

Subieron juntas las escaleras, la luz dorada del atardecer tiñendo los pasillos de una melancolía cruel.

En la entrada, Elías puso una mano en el hombro de Marc, su gesto pesado como un juramento no dicho.

—Va a estar bien, hijo —le dijo, su voz grave, teñida de cicatrices que el tiempo no había logrado borrar—. No te rindas. Yo tampoco me rendí cuando su madre se me escapaba entre los dedos.

La mansión los tragó a todos poco a poco, como un monstruo que sabía alimentarse de esperanzas rotas.

El recuerdo de Blanca en su estado más crudo y vulnerable aprisionaba el pecho de Elías, como un espectro que no lo dejaba en paz. Cada ataque de abstinencia, cada grito cargado de odio, cada súplica rota seguía vivo en su memoria, como heridas abiertas que jamás terminarían de cicatrizar.

La historia de Elías y Blanca comenzó en París, donde ella, atrapada en la espiral de adicción, escapó de un proxeneta que la mantenía prisionera en las sombras de su propia vida. Fue allí donde Elías la encontró, una mujer rota, cubierta de cicatrices tanto físicas como emocionales, tratando de huir del monstruo que había sido su captor durante meses. En un mundo lleno de desesperanza, Elías extendió la mano, no para salvarla, sino para caminar junto a ella en su lucha. Nunca había creído en el amor redentor, pero de alguna manera, cuando la vio por primera vez, supo que no podía dejarla ir.

Sin pensarlo, Elías se quitó su abrigo y se arrodilló junto a ella.

—No pienso dejarte aquí —susurró, sin importarle las manchas de sangre ni la mirada perdida que lo atravesaba como un cuchillo.

Desde esa noche, su vida quedó ligada a la de Blanca. La llevó al centro de rehabilitación más estricto que pudo encontrar, uno lejos de la prensa, lejos de las miradas curiosas, lejos del mundo que la había desechado. Sabía que ella lo odiaría al principio. Y así fue.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora