Un mes después de regresar de Tahití.
Thaile
Ilhan no ha llorado en toda la noche. Un respiro fugaz en medio de este caos disfrazado de rutina. Lo agradezco, aunque no sé si por él... o por mí.
Me incorporo con lentitud, el cuerpo aún tibio por las sábanas que ya no huelen a deseo, sino a distancia. Marc sigue frente al espejo, ajustando el nudo de su corbata con esa perfección automática que detesto por lo que representa: control, frialdad... evasión.
Desde mi rincón en la cama lo observo. No dice nada. Ni una palabra. Ni siquiera una mirada que me confirme si todavía me pertenece o si ya se ha ido, dejando sólo su sombra.
La habitación parece contener el aire como si supiera lo que callamos. El eco de Tahití se ha ido desvaneciendo, arrastrando con él los días en los que fingimos ser otra versión de nosotros. Una mejor. Una más fácil de amar.
He intentado regresar temprano. He intentado estar. Pero algo en él —algo en mí— parece haberse deshilachado. Y la herida no sangra; se pudre en silencio.
Marc no nota mi mirada. O sí, y simplemente la ignora. Y aunque no estoy hecha para necesitar a nadie, su indiferencia me consume más que cualquier herida de bala que haya sufrido.
Me paso una mano por la nuca, intentando disipar el peso de la ansiedad que no me permite respirar del todo.
¿En qué momento dejamos de tocarnos para amarnos y empezamos a tocarnos solo para confirmar que seguimos aquí?
No puedo evitar que una oscura sospecha se instale en mi mente, como una gota de veneno infiltrándose lentamente entre las grietas de mi paz. Mi corazón, testarudo y frágil, se aferra a la ilusión de que todo está bien. Que esto —esta burbuja de felicidad construida a base de cicatrices y silencios compartidos— no está por estallar. Pero lo está. Y lo sé. Maldición.
Camino hasta la habitación de Ilhan, buscando consuelo en lo único que no me exige máscaras. Mi pequeño. Mi mejor creación. Lo levanto con delicadeza, y el calor de su cuerpecito contra el mío me ancla a algo más profundo que cualquier deber o misión. Lo beso una, dos, veinte veces, hasta que su risita me arranca una sonrisa rota.
La música de los colgantes llena el ambiente con una melodía suave, casi irónica en su dulzura. Canto para él. No tan bien como Joyce, claro, pero suficiente para hacerlo sonreír mientras lo acomodo sobre el cambiador acolchado.
Ese instante de ternura se hace trizas cuando Marc entra. La puerta se abre sin un solo golpe previo, sin un "buenos días", sin una maldita mirada. Camina hasta nosotros y toma a Ilhan de mis brazos con la frialdad de un extraño.
—Déjalo, ya lo estoy cambiando —murmuro.
Marc no responde. Ni una palabra. Solo lo viste en un conjunto deportivo beige, sin mirarme siquiera. Como si no estuviéramos casados. Como si anoche no hubiera dormido a mi lado. Como si no fuéramos nada.
La herida se abre un poco más.
Regreso a nuestra habitación principal. Me desnudo en silencio, y el vapor de la ducha es lo único que me envuelve con algo parecido a ternura. Me visto sin pensar. Uniforme de pila. Chaqueta de la Accia. Las nuevas insignias doradas brillan sobre mi pecho como un recordatorio brutal de lo que soy.
Mayor.
No cualquiera. La primera mujer con pasado criminal en llegar tan alto dentro de la ACCIA. Zhang apareció en mi cubículo tras nuestra vuelta de Tahití. No con amenazas, como solía hacer, sino con una sonrisa orgullosa y un ascenso inesperado.
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Tras de ti
Misteri / ThrillerElla tiene un objetivo: ir tras él. ¿Pero qué pasa cuando la leona empieza a compadecerse de su presa y comienza a verlo con otros ojos? Él, un político que está a punto de ascender junto a su partido, sin imaginarse que, a ciegas, le ha abierto las...
