ARCHIVO 024

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Thaile

La noche avanza con una recepción organizada por Alice en uno de los salones de la mansión Turner. El lugar está lleno de invitados, algunos conocidos de los Turner a quienes Marc me presenta con una sonrisa que refleja una cortesía cuidadosamente ensayada. El aire está impregnado de esa frialdad que siempre acompaña a los encuentros de la alta sociedad, una atmósfera pesada que solo puedo soportar gracias a la máscara de indiferencia que llevo puesta.

El murmullo de conversaciones se mezcla con el tintinear de las copas de vino, mientras los Turner se despliegan como figuras imponentes, casi mecánicas. Charlotte, como siempre, se muestra excesivamente encantadora, saludando con una sonrisa de dientes perfectos a cada uno de los invitados.

—Pues es muy atractiva, pero se nota la poca clase —comenta, sin que se le mueva un músculo de la cara, una mujer regordeta con un ridículo abrigo de peluche.

El comentario me golpea en el pecho con la fuerza de un martillazo. Mi cuerpo se detiene por un segundo, el veneno de esas palabras palpándose en el aire. Marc me mira, esperando mi reacción, y yo siento una chispa de desdén prenderse en mi interior. No me afecta, no ahora. Pero es imposible ignorar que el desprecio siempre se siente como una navaja afilada.

Antes de que pueda reaccionar, la mujer que me presentan como Carla Gates, mira a Marc y a mí con una sonrisa falsa.

—Oh, disculpa, Blanca, qué descortés de mi parte —dice con una teatralidad que se me clava en la piel —ya se que estamos hablando de ti hija.

—Descuida, Carla, ya debe estar acostumbrada —responde Charlotte, su sonrisa imbécil llena de suficiencia.

—Pero no te preocupes, seguro que Marc te pulirá como lo hizo Elías con tu madre —continúa la señora Gates, con una risa que resulta irritante.

Mi mirada se clava en su rostro, cada palabra más venenosa que la anterior. Mi cuerpo se tensa, y una necesidad de hacerla callar me consume. Quiero que se arrepienta, que sienta el miedo real. Mi puño se cierra, apretando la rabia en mi pecho, pero antes de que pueda dar un paso, la mano firme de Marc se posa sobre mi muñeca, conteniéndome con una suavidad que no hace sino aumentar mi furia.

—Charlotte, te agradecería que nos dedicamos a la niña, que hoy es un día especial para ella, en lugar de afilar la lengua con veneno que solo te intoxica a ti misma —dice Marc, su voz baja y llena de desdén, como si esa fuese una advertencia para todos los presentes.

Las mujeres se quedan en silencio, boquiabiertas, mientras Blanca y yo compartimos una mirada cargada de ironía. Ninguna de nosotras tiene que decir nada. La batalla está ganada.

Marc, sin perder el ritmo, me dirige una mirada cómplice.

—Tienes razón, chérie —respondo, sonriendo con esa suavidad que oculta lo que realmente siento. Le doy un beso en el cuello, apenas un roce, pero suficiente para marcar mi territorio. —Vamos a celebrar con los niños.

Justo en ese momento, una mujer se acerca a Marc. No puedo evitar observarla. El brillo en sus ojos, esa mirada que denota un interés demasiado evidente. Ella le sonríe, y él, con una sonrisa encantadora, la recibe.

—Marc, no quiero interrumpir, pero qué feliz debe estar con su hija. Rosie es un verdadero tesoro. —Su tono es suave, meloso, cargado de una admiración que no me gusta en absoluto.

Yo permanezco inmóvil, observando. Esa sonrisa en el rostro de Marc, ese gesto tan sencillo, esa manera en que se vuelve más accesible cuando la mujer le habla... Mi respiración se vuelve más pesada, mi pecho aprieta como si un nudo de ira y celos se formara dentro de mí. Una sonrisa más, solo una sonrisa más, me repito en silencio. Solo una sonrisa más y te juro que no encontrarán tu cuerpo entero.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora