ARCHIVO 004

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Despierto entre las sábanas de satén, y siento cómo cada fibra de mi cuerpo sigue recordando la intensidad de la noche anterior. Después de la mesa, lo hicimos otra vez en la cama, con una desesperación tan primitiva que me cuesta procesar que aún respire. Cada músculo duele. Cada parte de mí arde. Y sin embargo... él no está a mi lado.

La habitación, ahora silenciosa, se siente más grande. Más vacía.

Frunzo el ceño. ¿Dónde está?

Me levanto, envuelta apenas en la bata sedosa que dejó colgada en el respaldo de la cama, y camino sin hacer ruido. Al salir al pasillo, lo veo. Está en la terraza, sosteniendo una taza de café y revisando su teléfono con la misma concentración que debe usar para leer informes de seguridad nacional.

Lo observo sin anunciarme. Los vidrios rotos de la vajilla que rompimos siguen en el suelo, reflejando la luz de la mañana como cuchillas esperando ser recogidas. Uno de ellos, grande, afilado, y todavía con una gota de vino seco en el filo, me llama. Me agacho y lo recojo.

Siento su peso. El cristal podría atravesarle la garganta con facilidad. Lo sé. Lo he hecho antes.

Mis dedos lo empuñan con costumbre, pero por primera vez en años... tiemblo. Mi pulso tiembla.

¿Por qué?

El cristal resbala. El sonido del impacto contra el mármol rompe el silencio como un disparo.

Él se gira enseguida. Nuestros ojos azules se encuentran.

—Lena, ¿despertaste?

Parpadeo. No dejo ver el temblor que aún me sacude por dentro. No puede notarlo.

—Buenos días —digo con una sonrisa frágil—. Lo siento. Solo... quería recoger los pedazos.

Él camina hacia mí, y cada paso suyo parece un mensaje silencioso: sé quién eres. Pero no lo sabe. No puede. No aún.

—No te preocupes por eso —dice, rozando mi mejilla con la palma—. Si siguen ahí es porque no quise que nadie te despertara.

Ese gesto, tan simple y humano, me desarma. No es lógico. No es seguro. Pero me calienta por dentro. Me confunde.

—Ya es tarde —susurro—. No deberíamos estar aquí.

Quiero que me contradiga. Que diga que sí deberíamos. Que esto no es un error.

—No te preocupes por eso —responde él, como si pudiera leer mis pensamientos—. Pospuse todo por la mañana. Le dije a Charlotte que las clases con Rosie se pasan para la tarde.

Sonrío, casi sin querer. Mi instinto se activa: el hombre más inaccesible de la ciudad ha reestructurado su agenda por mí.

—Qué bueno —respondo, con una sonrisa ladeada, y jalo suavemente de la cinta de su bata.

Lo conduzco de regreso a la habitación, y estamos a punto de cruzar la puerta cuando suena el timbre.

—¿Esperas a alguien?

Él arquea una ceja y abre sin dudar. Servicio a cuarto. Una bandeja de desayuno impecablemente presentada: croissants recién horneados, tostadas, ensalada de frutas, huevos a la copa, mermelada y dos vasos de jugo de naranja.

Marc deja la bandeja sobre la cama. Todo esto... parece de otro mundo. Irreal. Como si en lugar de una asesina infiltrada, yo fuera realmente la profesora de su hija. Como si fuera una mujer normal y este fuera mi hogar, y él mi amante enamorado.

Nos acostamos juntos otra vez, el desayuno entre nosotros, pero él sigue mirándome de esa forma.

Como si me adorara. Como si le gustara.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora