Thaile
Después de una ducha helada que alivia apenas un ápice de mis dolores, me arrastro hasta la cocina con la piel aún húmeda, cubierta por una bata que se aferra a mi cuerpo como si pudiera protegerme del mundo. Me siento frente al desayuno que preparó Nicolás, observando el café oscuro y humeante como si pudiera adivinar mi futuro en sus vapores.
Le doy un sorbo. Amargo. Áspero. Desagradable.
Perfecto. Va con mi estado de ánimo.
Arrugo la cara y abro mi portátil. El reflejo de la pantalla ilumina mis ojeras, mis labios partidos y la expresión cansada de una mujer que no ha dormido bien en semanas. Las pestañas abiertas en el navegador son una radiografía brutal de mi encrucijada: el trabajo, la agencia, el niño... y él.
La primera pestaña es mi rincón en la dark web. La zona segura. O lo era.
El informe está listo. Podría enviarlo. Podría cobrar. Podría desaparecer.
Pero mis dedos se quedan suspendidos sobre el teclado.
En su lugar, escribo un mensaje de renuncia. Corto. Frío. Letal. Tal como yo era... antes.
Lo leo. Una, dos, tres veces. Luego lo borro. Cobardía o supervivencia. No sé cuál de las dos me domina hoy.
La ACCIA lo ha complicado todo. Estoy marcada. Rastreada. Si doy un paso en falso, la prisión no será el peor de mis destinos.
Así que escribo otro mensaje:
[Estará todo listo.]
Presiono enviar, y segundos después, la respuesta llega:
[Genial. Espero que esta vez no haya contradicciones.]
Lo cierro antes de que mi reflejo en la pantalla me devuelva la mirada vacía de una mujer que ya no cree en sus propias decisiones.
Paso a la segunda pestaña. El formulario de inscripción escolar en línea para Nicolás. Me sorprende lo fácil que ha sido matricularlo. No hay entrevistas. No hay uniformes. Solo clics. Y un silencio que, por primera vez, me pesa.
—¿Seguro que no quieres ir a una escuela normal, como un niño normal? —le pregunto, con esa voz rasposa que me sale cuando intento ser maternal.
Él juega con algo en su regazo. No me mira.
—Sí.
Seco. Determinado. Implacable. A veces me recuerda tanto a mí que me aterra.
La tercera pestaña es más... personal.
Un intento fallido de entrar al sistema de seguridad de la ACCIA. Miro los márgenes de error, las alertas de rastreo, y entiendo que estoy bailando en la cuerda floja sin red. Un paso más y me caeré. Ellos vendrán. Y no habrá más escapatoria.
Apago el portátil con más fuerza de la necesaria, como si cerrar la tapa pudiera cerrar mi vida entera.
Voy al baño, tomo el maquillaje más cubriente que tengo y me doy una capa. Otra. Y otra. Trato de borrar el moretón en mi nariz, la sombra amoratada bajo mis ojos, la marca invisible que dejaron sus manos sobre mi cuerpo.
Marc.
Su nombre me atraviesa como una daga lenta. Recuerdo su voz, su peso sobre mí, el olor de su piel...
Me sacudo como si pudiera sacarlo también.
Camino hacia la puerta, lista para salir, pero una voz infantil me detiene.
—Espera...
Me giro.
—¿Le podrías dar esto a Rosie?
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Tras de ti
Misterio / SuspensoElla tiene un objetivo: ir tras él. ¿Pero qué pasa cuando la leona empieza a compadecerse de su presa y comienza a verlo con otros ojos? Él, un político que está a punto de ascender junto a su partido, sin imaginarse que, a ciegas, le ha abierto las...
