ARCHIVO 030

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Thaile

Después de unas rondas más —cada una más desesperada que la anterior— sentí cómo Marc canalizaba su frustración, su rabia contenida, su impotencia por no tener respuestas sobre lo que le pasó a su amigo. Su cuerpo buscaba más que alivio; buscaba control, refugio, castigo. Yo solo le seguí el ritmo, convirtiéndome en su ancla, en su escape... y en su perdición.

El anochecer nos alcanzó dentro de su habitación. Afuera, la mansión se llenaba de luces cálidas, como si nada hubiese pasado. Como si el mundo no se estuviera desmoronando allá afuera y, al mismo tiempo, renaciendo entre estas cuatro paredes.

Nos vestimos en silencio. Él me ayudó a subir el cierre del vestido con esos dedos que minutos antes habían sido brutalmente delicados. El roce de su aliento sobre mi nuca me estremeció.

—Creo que tendré que salir más seguido con mi amigo... —murmuré, intentando aliviar la tensión con una sonrisa que sabía que él no iba a creerse.

Marc soltó una risita sin gracia, baja, peligrosa. Se inclinó hacia mí, su boca apenas rozando mi oído.

—No me provoques, chérie... que nos están esperando. Y si por mí fuera, no saldrías de esta habitación nunca más.

Me giré para enfrentarlo, pero su mirada me paralizó. Ya no era el Marc público, el político encantador, el padre cariñoso. Era el hombre que no quería compartir. El que me miraba como si yo fuera suya. Como si no pudiera evitarlo ni quisiera hacerlo.

Deslicé la yema de mis dedos por su mejilla, sabiendo que no necesitábamos decir nada. Lo que acababa de ocurrir entre nosotros fue más que un acto físico. Fue una declaración. Fue él marcando territorio. Fue yo dejándome marcar.

Pero en el fondo... ambos sabíamos que eso solo nos iba a destruir.

Él toma mi mano con delicadeza, como si temiera romper algo sagrado. La lleva a sus labios y deposita un beso lento en mis dedos, sin apartar los ojos de los míos. Hay algo no dicho allí, algo que arde en su mirada pero se niega a pronunciarse en palabras.

Siento cómo mi corazón martilla con fuerza, reconociendo en ese gesto una conexión que va más allá de la carne. Es un lenguaje silente, profundo, hecho de miradas sostenidas y piel temblorosa. Algo que se cuece a fuego lento en los márgenes del peligro.

—Marc... —susurro, esperando tal vez una confesión, una certeza. Un quédate.

—Shh, chérie... —murmura, apenas audible, como si temiera romper la magia del instante. Se inclina y deposita un beso en mi frente. Tierno. Íntimo. Devastador.

Cierro los ojos. Quiero memorizarlo todo: la calidez de su aliento, el roce de su piel, el silencio lleno de promesas rotas. Me aferro a ese instante como si fuera el último antes del abismo.

Cuando por fin se aparta, lo hace con una lentitud calculada. Pero antes de soltarme, roza sus labios con los míos en un beso fugaz, cargado de tensión. Es un suspiro, un eco de lo que ambos deseamos y aún no nos atrevemos a nombrar. Un beso que enciende, que deja un rastro de hambre suspendido en el aire.

—Vámonos, antes de que empiecen las preguntas —murmura, con esa media sonrisa suya que siempre me desarma.

Asiento, aunque dentro de mí algo se resiste a soltarlo. Él me ofrece el brazo, y yo lo tomo sin dudar. El calor de su cuerpo traspasa la tela de su camisa y se ancla en mi piel como una marca invisible.

Bajamos al gran comedor. La atmósfera es densa, saturada de silencios llenos de significado. Elías, Blanca, Roger y Rosie ya están sentados, cada uno sumido en sus propios pensamientos. Agradezco que Charlotte no esté presente; su lengua afilada solo empeoraría la tensión que ya se respira.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora