ARCHIVO 003

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—Muy bien, Rosie —la felicito mientras repaso su examen semanal.

Es una niña brillante. No exageré cuando dije que es una de las mentes más agudas que he conocido. Lo raro es que aún no sé si su inteligencia es una bendición o una maldición. Aunque probablemente termine desperdiciándola, persiguiendo la misma carrera en derecho y política que su padre, Marc Turner. Ese futuro me da una punzada en el estómago. No quiero pensar en cómo se deshará de su potencial. El pensamiento me provoca una extraña mezcla de fascinación y melancolía.

Le doy la última lección del día, y el tiempo, como siempre, pasa volando. La hora se desliza entre mis dedos mientras el peso de la realidad se me echa encima.

Salgo de la residencia Turner y, en un intento por evadir la incomodidad que me ha dejado el día, decido hacer una parada en el drive-thru de McDonald's. La comida rápida me da una sensación de control, algo tan mundano y simple que me permite apagar por un momento las complicaciones que rondan mi mente. Nugget tras nugget, papas tras papas, me devoro lo que puedo mientras el coche avanza hacia mi apartamento. El vacío en mi estómago se llena, pero la verdad es que nada logra calmar lo que realmente me consume.

Al llegar a casa, me apresuro a dirigirme al baño. Necesito perderme en la rutina, sumergirme en el calor del agua, en el aroma de la leche con miel que hidrata mi piel, en la música suave que me rodea y me envuelve como un abrigo. El silencio es lo único que se escucha, mi respiración agitada por el deseo de algo que aún no sé si estoy lista para experimentar.

El baño me deja con la piel suave, como si me despojara de todo lo que he estado cargando, aunque sea por un instante. Luego, con manos temblorosas, decidí ponerme la lencería de encaje que no había usado desde hacía mucho. No sé por qué siento que debo hacer esto por él. El pensamiento me desconcierta, pero es tan abrumador que no me atrevo a cuestionarlo. Tal vez, en lo más profundo, me he convencido de que esta vez no es solo parte del plan. Quizás sea también una oportunidad para algo más oscuro, algo que podría consumirnos a los dos.

Mi cabello cae en ondas suaves cuando lo aliso, y el maquillaje resalta mis facciones, destacando esos labios carmesí que sé que se quedarán grabados en su memoria. Cada detalle cuenta. Cada paso está meticulosamente calculado.

El vestido negro es perfecto. Ajustado en los lugares correctos, provocador sin ser vulgar. El vapor de la plancha lo alisa, y en cuanto me lo pongo, la sensación de estar lista, de ser el centro de todo, se intensifica. Los tacones negros elevan mi figura, y el perfume... ese toque final que me envuelve, que es tanto una invitación como una advertencia. El riesgo está en el aire, y no puedo evitarlo.

Me miro en el espejo. La imagen que se refleja es la de una mujer que tiene todo bajo control, pero dentro de mí la anticipación crece, y el deseo se enreda con los nervios. Mi corazón late con fuerza, y aunque trato de mantener la compostura, algo en mí sabe que no hay marcha atrás.

A las siete en punto, suena el timbre. El mismo chófer del secretario aparece en la puerta con su mirada inexpresiva, como siempre, como un hombre que ha sido programado para seguir órdenes. Su puntualidad me irrita de manera inexplicable, pero la sensación de inevitabilidad me atrapa de nuevo. Estoy a punto de cruzar una línea de no retorno.

Me subo al coche y, mientras el vehículo se aleja hacia lo desconocido, la inquietud crece, como una ola que amenaza con ahogarme.

El edificio aparece frente a mí, una torre que parece desafiar el cielo. Imponente. Hielo y vidrio. Todo es tan perfecto, tan calculado. Me siento pequeña, pero también poderosa. Porque esta noche, todo lo que soy está a punto de convertirse en un juego mucho más oscuro de lo que había anticipado.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora