ARCHIVO 016

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Marc

El mal sabor de no haber obtenido una respuesta de ella sigue rondando mi mente. A mi alrededor, el equipo de comunicaciones trabaja con una eficiencia casi militar, montando pantallas, afinando micrófonos y revisando los discursos que van a proyectar mi imagen al país. Roger da indicaciones desde una tablet con expresiones tensas, pero yo apenas presto atención.

Mi cabeza está en otra parte. En Lena... o mejor dicho, Thaile. En Francisco, que decidió esfumarse justo cuando más lo necesito. Y en la creciente sospecha de que todo esto, desde el video filtrado hasta la desaparición de mi hermano, está siendo orquestado desde las sombras.

Me acerco a la ventana blindada del piso trece y observo cómo los reporteros se preparan fuera del perímetro. A pesar del cristal antibalas y el blindaje completo del edificio, la imagen de sus flashes encendiéndose como enjambres de luciérnagas me genera incomodidad.

Los hombres de seguridad recorren el perímetro con perros entrenados, cámaras térmicas y tecnología de rastreo RFID. El Departamento de Seguridad Nacional reforzó mi escolta con dos exmarines y un analista cibernético. Todos saben que la Madame podría estar observando, escuchando, acechando... y yo no voy a exponer a Thaile, jamás.

—¿Seguro que no va a venir? —me pregunta Roger desde mi espalda.

Le niego con la cabeza, sin apartar la vista de la escena exterior.

—Fue clara. Quiere tiempo, y se lo voy a dar —respondo con tono firme—. Y no pienso arrastrarla a este circo mediático. No después de lo que enfrentó, no mientras haya una posibilidad de que quien está detrás del video... o de Francisco... sea la misma persona que quiere verme muerto o a los míos.

—No tenemos tiempo... —murmura Roger, bajando la voz con frustración—. Tenías que convencerla de estar aquí. Teníamos una estrategia: limpiar juntos su imagen, que se sepa que la relación es auténtica, consensuada.

—¿Qué esperabas? ¿Que la obligara? —le respondo, girándome hacia él con el ceño fruncido—. Además, ¿por qué hacen tanto escándalo por el hecho de que dos personas adultas y solteras hayan tenido sexo?

Roger suspira con pesar.

—Tú no eres cualquier persona, hermano. Eres el maldito Secretario de la Nación. Y estás a punto de postularte al Senado. ¿Ves ahora por qué no quise entrar en política?

—Hiciste bien —digo con una risa vacía—. Dime que al menos tenemos novedades de quién colocó los dispositivos en la mansión.

—Se hizo un barrido completo. No quedó una puta ranura sin escanear. Revisamos cada centímetro de la mansión, el cuarto de Rosie, el jardín, el despacho. Hasta los sistemas de filtración. Nada. Cero huellas. Profesional.

—¿Y Francisco?

—Contacté a las chicas del bar donde fue visto por última vez. Todas dicen que se fue solo. El guardia de su edificio afirma que no regresó en toda la noche.

—Maldita sea —gruño, pasándome una mano por el rostro. El peso de la frustración se hunde en mis hombros—. Esto ya no me gusta nada...

—Tengo un mal presentimiento, Marc —dice Roger en voz baja.

—Lo sé —asiento—. Pero ya nos ha pasado antes. Las malas noticias siempre llegan primero.

—Y en este caso —añade Roger—, creo que vienen en forma de falda y agenda oculta.

La puerta se abre de golpe.

—¡Qué haces aquí, Charlotte! —mi tono deja clara mi molestia.

—Primer escándalo y ya renunció —exclama ella, arrojando su bolso sobre mi escritorio de caoba, como si tuviera derecho a irrumpir—. Espero que ahora te convenzas de que esa mujer no era la indicada.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora