ARCHIVO 065

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Thaile

Uno de los blindados de la mansión me deja en el corralón de la Accia. La noche es espesa, y la brisa acarrea el olor de gasolina y metal caliente. Wilson me espera, recargada contra mi verdadero bebé: mi carro.

Una sonrisa ladeada me cruza los labios cuando la veo.

—Te queda bien ese look. Zhang debe estar loquito. —comento con fingida inocencia, estudiando su nueva apariencia.

—Cállate, es una peluca. —gruñe ella, cruzando los brazos con visible fastidio—. Tengo una misión y estoy aquí perdiendo el tiempo contigo.

—Ajá, como digas. —respondo, extendiendo la mano, disfrutando más de lo que debería de su irritación.

Wilson saca un llavero del bolsillo de su chaqueta y lo deja caer en mi palma con brusquedad. Las llaves de mi auto... y algo mucho más valioso: el permiso para moverme sin el consentimiento de Azumi.

—Tuve que cobrar varios favores, pero aquí tienes. —dice en voz baja, como si temiera que los propios muros nos delataran—. Azumi no puede enterarse.

—Sabes que intenté hacerlo por las buenas. —me encojo de hombros—. Pero él sigue empeñado en que me quede encerrada, obediente, como su maldita prisionera de lujo.

—No quiere que te maten, idiota. —me espeta, fulminándome con la mirada—. Y si te dejo salir es porque confío en que no vas a joder todo de nuevo. Si lo haces... juro que esta vez no necesitarás un sicario. Yo misma te enterraré y hasta le pondré una puta insignia al ataúd.

Ruedo los ojos y sonrío, pero es una mueca amarga. Me monto en el auto, sintiendo cómo el motor despierta bajo mis manos como un viejo amante resentido.

—¡Se dice "gracias", imbécil! —la oigo gritar cuando piso el acelerador, dejando atrás el corralón, el blindado, la vigilancia... y todo lo que aún me encadena.

La ciudad me recibe como un animal hambriento.

Conduzco hacia mi antiguo departamento, sintiéndome como una sombra que regresa a su cueva.

Me detengo frente al edificio. Todo está igual... y al mismo tiempo, irreparablemente cambiado. Bajo del auto y me acerco al celador, que hojea un periódico amarillento como si el tiempo no hubiera pasado para él.

—Necesito una copia de mis llaves. —le digo, intentando sonar casual.

El hombre me lanza una mirada agria, como si hubiera olido el rastro de todo lo sucio que traigo encima.

—Pensé que te habías olvidado de este departamento. —masculla con desdén—. La señora Blanca es la única que se ha preocupado por venir a limpiar de vez en cuando.

La mención de Blanca me golpea más fuerte de lo que admito.

Ella... aún cuida las ruinas que dejé atrás.

Ella... a pesar de todo, sigue esperándome, igual que Marc.

Apretando las llaves en el puño, subo las escaleras. Cada paso resuena como un eco de todo lo que aún debo destruir para ganarme, algún día, el derecho a volver.

Si es que queda algo de mí para entonces.

Al ingresar al departamento, me recibe el aroma limpio de desinfectante y madera vieja. Todo está reluciente y ordenado, como si nadie hubiera vivido aquí durante años... o como si alguien hubiera intentado borrar las huellas de mi vida.

Camino despacio hasta mi habitación. Cada paso retumba en mi pecho.

Allí, sobre la cómoda, el pequeño altar sigue esperándome.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora