Thaile
—¿Quién eres? —gruñe el General, su voz firme mientras mis guantes de boxeo martillean su rostro con fuerza precisa.
—¡Thaile Bonnet Dubois, señor! —respondo entre dientes, mi voz rasgando el aire como un látigo, al mismo tiempo que ajusto mis golpes con la destreza de quien ha convertido el dolor en su lenguaje.
—¿Y qué eres, Thaile? —insiste, esquivando una de mis patadas con agilidad casi burlona.
Sonrío, una mueca arrogante y peligrosa dibujándose en mis labios.
—La mejor jodida agente especial de la Agencia de Control Criminal de Inteligencia Americana —suelto, girando y lanzando un gancho al hígado que apenas roza su defensa—. Hacker de élite, tiradora de primera, experta en filtraciones, espionaje, manipulación psicológica... —hago una pausa breve, dejando que mis palabras calen hondo mientras sonrío con cinismo—. Y cuando me canso de jugar limpio... me convierto en la Madame. La que castiga a quienes creen que pueden pisotearme. La que no deja sobrevivientes.
Mis puños vuelven a volar, rápidos como relámpagos, mientras una carcajada cargada de sarcasmo se escapa de mi garganta, retumbando en el recinto de entrenamiento.
El General apenas oculta su satisfacción mientras retrocede, observándome con esa mirada calculadora de quien forja armas humanas.
—¿Y dónde estás? —pregunta, su tono endurecido, empujándome a romper mis propios límites.
—¡Aquí! —grito, golpeando con brutalidad—. ¡Estoy aquí, maldita sea! ¡Soy la puta tormenta que pediste!
Cada golpe es un latido de furia en mi pecho. Cada patada, una descarga de toda la rabia contenida, de toda la sangre que aún debo cobrar. Mi cuerpo, curtido en cicatrices visibles e invisibles, se mueve con una mezcla letal de precisión militar y rabia primitiva.
No basta. No es suficiente. Quiero más. Más dolor. Más destrucción. Más gritos que callen los ecos del pasado.
El General detiene uno de mis puños con una llave rápida, obligándome a mirarlo.
—¿Por qué me desobedeciste? —cuestiona con frialdad.
Me detengo apenas un segundo, esbozando una sonrisa ladeada que sabe a veneno.
—¿Yo? —finjo sorpresa, parpadeando con fingida inocencia mientras libero mi brazo y respondo con un rodillazo brutal que lo hace retroceder—. Creí que eso era lo que amabas de mí, señor. ¿O querías una marioneta en vez de un arma?
Él niega con la cabeza, pero en sus ojos veo la chispa de aprobación que no se molesta en ocultar.
Mi cuerpo, más fuerte, más rápido, más letal, es un reflejo de todo lo que me han hecho... y todo lo que he elegido ser. Aunque la figura recuperada de mi silueta es elocuente bajo el uniforme ajustado, sé que las verdaderas cicatrices —las que nunca sanarán— son las que me han vuelto imparable.
Ya no soy la niña que lloraba en la oscuridad.
Soy la oscuridad misma.
Finalmente, termino mi sesión de entrenamiento y me arrastro hasta las regaderas. Cada músculo de mi cuerpo palpita con una vitalidad oscura, como si la rabia latente en mis venas hubiera encontrado su cauce natural.
Cambio mi típico conjunto deportivo, sudado y desgarrado por la rutina brutal, por el uniforme de la agencia: pantalones negros impecables y una blusa color concha de vino que alguna vez pensé que jamás volvería a usar. El tejido acaricia mis cicatrices antiguas como un susurro de todas las vidas que ya no soy. Ajusto mi placa en el cinturón: aún brilla, altiva, como un recordatorio cruel de los compañeros que alguna vez me miraron con admiración... y que ahora solo existen como nombres grabados en lápidas.
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Tras de ti
Mystery / ThrillerElla tiene un objetivo: ir tras él. ¿Pero qué pasa cuando la leona empieza a compadecerse de su presa y comienza a verlo con otros ojos? Él, un político que está a punto de ascender junto a su partido, sin imaginarse que, a ciegas, le ha abierto las...
