ARCHIVO FINAL I

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Tahití, Francia.

Dos meses después.

El sol aún no había escalado del todo el horizonte, pero ya pintaba de oro líquido la superficie del mar. Las aguas del arrecife se mecían con una calma hipnótica, como si el tiempo allí fluyera de otro modo, más lento, más suave. En el corazón del océano, rodeado de silencio, se alzaba un bungalow privado sobre pilotes de madera blanca. Una jaula de lujo, bañada en brisa salada y quietud tropical.

Dentro, entre sábanas de lino color marfil, Marc Turner abrió los ojos. La primera luz del día dibujaba líneas tenues en su rostro. Su respiración era lenta, profunda, por primera vez en meses. El insomnio que antes lo devoraba había cedido terreno, no por el paso del tiempo... sino por lo que tenía entre los brazos.

Su brazo fuerte rodeaba el cuerpo de una mujer dormida, su cabello rubio desordenado extendido sobre la almohada como un halo dorado. El pequeño peso de un cuerpo infantil yacía entre ambos, envuelto en un pijama amarillo con dibujos de estrellas. El bebé respiraba con suavidad, su boca apenas entreabierta, el puñito apretado sobre el pecho de ella.

Era una escena que parecía robada de otro mundo.

Pero Marc sabía que esa imagen de paz tenía grietas invisibles. Cada noche, cuando cerraba los ojos, aún la veía... muerta.

Fría.

Inerte.

La pesadilla había terminado, sí, pero las cicatrices aún respiraban bajo su piel.

Se incorporó lentamente, sin romper el delicado equilibrio de cuerpos. Observó a la mujer a su lado, embelesado. Sus pestañas largas temblaban con los sueños, y su pecho subía y bajaba en un ritmo constante. Se veía tan viva, tan real... que dolía.

Con una ternura feroz, inclinó el rostro hacia el suyo y depositó una serie de besos lentos en su mejilla.

—Arriba, chérie... —murmuró, su voz grave, acariciando con los nudillos su mandíbula—. Te estás haciendo adicta al calor de esta cama.

Ella emitió un suave quejido, tan humano y cálido que lo hizo sonreír con los labios, pero no con los ojos.

—Una hora más... —bostezó, enredando sus dedos en la parte trasera de su camiseta, como si él pudiera escaparse—. Él también quiere dormir.

Marc bajó la vista al bebé que dormía entre los dos, con el ceño fruncido como si percibiera la conversación.

—No deberías malcriarlo tanto —le dijo con suavidad, su mano sobre la pierna desnuda de ella—. Ya tiene tu carácter. Se queja cuando no lo cargan.

—Es Dubois —replicó ella con una sonrisa dormida, sin abrir los ojos—. No sabías en lo que te metías...

—Oh, créeme —susurró con voz rasposa, acercándose más, su nariz rozando la suya—. Lo supe desde el primer momento en que me apuntaste con un arma.

Ella abrió un ojo. El izquierdo. Una chispa peligrosa lo iluminó.

—Y aun así te enamoraste.

—Fue como enamorarme de una herida —dijo él, sin vacilar—. Dolía... y aún así me sentía vivo por primera vez.

Ella guardó silencio. El tipo de silencio que no era ausencia, sino peso. Un espacio en donde aún vivía el fantasma de lo que habían perdido.

Marc deslizó los dedos por su muslo, luego por el vientre, hasta llegar al bebé.

—Le prometimos a Rosie que iríamos a bucear —le recordó, bajando el tono, como si temiera romper la burbuja.

—¿Lo prometí por el dedo meñique? —preguntó ella con picardía somnolienta.

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