ARCHIVO 005

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El cigarro se consume entre mis dedos sin que me dé cuenta. La noticia parpadea frente a mis ojos como una alarma que no puedo apagar: "Intento de asesinato contra el secretario Turner".

Lo leo una vez. Dos. Tres.

No es error. No es simulacro.

Mi mandíbula se tensa. Siento el pulso vibrarme en las sienes mientras una parte de mí se queda inmóvil, analizando, conteniendo. Pero otra... otra está rugiendo como un animal acorralado.

—Idiota... —murmuro. No sé si me hablo a mí misma o a él. Tal vez a ambos.

Esto no fue mío. No fue mi cliente. No fue el momento, ni el método, ni el mensaje. Esto es otra cosa. Otro jugador.

Y eso solo puede significar una cosa: alguien más se está metiendo donde no debe.

No siento. Al menos eso es lo que siempre me repito. Lo que me tatué en la mente desde el primer cadáver. Pero lo que acabo de ver... ese video maldito con las sirenas, los gritos, la sangre... me sacude algo que no sé nombrar.

No es solo la amenaza. Es la idea de perderlo. De que otro haya intentado quitarme lo que aún no decido si es mío.

Me levanto de golpe, apagando la pantalla con una palmada seca. El reflejo del monitor muere y me quedo frente al cristal de la ventana, viendo la ciudad como si pudiera tragarme la noche.

Mi expresión, la de siempre, impasible. Pero por dentro, hay lava.

Ya no es por el encargo. Ni por la misión. Es otra cosa.

Alguien se atrevió a tocar lo que yo aún no sé cómo dejar ir.

Y eso, para mí, es suficiente para comenzar una cacería.

Me muevo con la precisión que da la costumbre. La rabia me impulsa, pero mis manos no tiemblan. Cada movimiento es quirúrgico. Guantes. Navajas. El nuevo modelo de micro cámara. Una Glock más ligera. Me recojo el cabello, ajusto la peluca gris. La máscara de guerra negra que solo deja ver mis ojos marrones.

No soy Lena Mitchel. No soy la niñera. No soy la amante.

Soy Madame. Y alguien se acaba de ganar una muerte lenta.

Meto todo en la mochila táctica. Ya tengo mis contactos activados. Estoy segura de que su equipo también estará monitoreando el atentado. Me gustaría saber si él lo vio venir. Si lo dejó pasar. O si también está buscando al bastardo.

Las noticias no paran. Las cadenas lo repiten como un mantra:
"Intentaron asesinar a Marc Turner durante una actividad de campaña. No hay detenidos. Hay heridos. Hay caos."

"No hay detenidos".

Eso es una invitación abierta. Un festín para las ratas.

Mi teléfono vibra. Mensaje cifrado. Es de mi cliente.

[¿Te estás durmiendo en el trabajo, Madame?]
[Turner sigue vivo. ¿Ya no eres tan eficiente?]

Me escribió mi cliente. Sonrío sin humor apagando el móvil. No tengo tiempo para juegos mentales. No hoy.

Cojo la llave del auto y salgo al filo de la noche. Ya no hay espacio para dudas ni para este revoltijo de emociones que no me sirven más que para entorpecer la puntería.

Lo necesito vivo... por ahora. Necesito que respire para que cuando yo decida, sea yo quien determine si su corazón se detiene. Nadie más.

Y si alguien más lo intenta...

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora