ANEXO I

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Thaile

El camerino de los jueces está en penumbra, apenas iluminado por los focos que enmarcan un espejo gastado. Huele a sudor y perfume de imitación. Solo hay uno de ellos presente: un hombre alto, delgado, con el rostro surcado por arrugas bien ganadas, el cabello canoso perfectamente peinado. Lleva un traje caqui que parece más una armadura que una elección de moda, y una corbata de lazo roja que grita desesperadamente por atención.

Está concentrado en su reflejo, retocándose el maquillaje con manos temblorosas que no sabe si tiñen la piel o el miedo.

Mi mirada se posa en la mesa del bufé. Un cuchillo de mesa. Pequeño. Inofensivo a simple vista. Como yo.

Me deslizo entre las sombras y, sin darle tiempo a sospechar, le rodeo el cuello con el antebrazo y le pego el cuerpo contra el respaldo de la silla. El cuchillo acaricia su pecho con una presión tan calculada que apenas corta... pero promete hacerlo.

El hombre se sacude. Intenta gritar.

—Ni se te ocurra —susurro en su oído, mi voz tan baja y fría como una daga al desnudo.

Él se queda inmóvil, la respiración entrecortada. Sus ojos, reflejados en el espejo, me suplican. No tengo interés en su súplica. Me alimenta su temor.

—¿Qué... qué quieres? —tartamudea.

—Algo simple. Algo hermoso —respondo, inclinándome lo suficiente para que mi aliento roce su oído—. Esta noche, la única ganadora será Rosie Turner. ¿Lo entendiste?

—Yo... yo no me vendo —balbucea, con una dignidad patética que apenas se sostiene.

Sonrío. Me encanta cuando aún creen tener opciones.

—Oh, cariño... —presiono el cuchillo, lo justo para dejar una línea roja en su camisa planchada—. No es una propuesta. Es una sentencia. Si quieres vivir para ver otro maldito certamen, asegúrate de que Rosie gane.

El silencio se llena de su respiración temblorosa.

—¿Entendido?

Él asiente. Lento. Sumiso. Destruido.

—Buen chico. —Apenas relajo el agarre—. Y si haces un buen trabajo, tal vez después hablemos de una comisión.

Me aparto con la misma delicadeza con la que se cierra un ataúd. Él se queda paralizado, y yo me aseguro de que, cuando se gire, mi reflejo esté distorsionado por el resplandor del espejo. Solo un fantasma. Un susurro con filo.

Salgo del camerino sin mirar atrás, mi pulso perfectamente estable, como si nunca hubiera estado tan viva.

Al regresar a las butacas, todos ya están sentados. El murmullo general se apaga cuando me acerco, y Marc se pone de pie para recibirme. Sus manos cálidas se deslizan por mis hombros al ayudarme a quitarme la gabardina. El roce de sus dedos en mi piel descubierta me provoca un escalofrío que oculto con una sonrisa cuidadosamente calculada.

—¿Dónde estabas, chérie? —pregunta en voz baja, como un secreto que solo él puede pronunciar así.

—Fui al tocador —miento, sentándome a su lado.

Él se inclina y deposita un beso en mi hombro, justo sobre la clavícula. Un gesto íntimo, sencillo, pero que me desarma más de lo que estoy dispuesta a admitir. Por dentro, siento que el veneno del deseo se mezcla con la adrenalina aún latente de lo que acabo de hacer en los camerinos. Y sin embargo, me obligo a respirar. A mantener el control.

La música comienza a sonar, marcando la entrada del presentador. Las luces del escenario se intensifican, cegando momentáneamente al público mientras una voz entusiasta llena el auditorio.

Tras de tiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora