CINCUENTA Y OCHO

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Cuando empujé la puerta de la cafetería –demasiado fancy para mi gusto–, el tintineó de una campana llenó el lugar y el olor a café golpeó mis fosas nasales de tal manera que mis ojos se cerraron del puro gusto. Que olor tan rico era el del café y el de cositas dulces recién horneadas.

Mmmh, diabetes.

Encontrar al Javier entre los entes madrugadores que llenaban la cafetería a las nueve de la mañana no fue difícil por lo llamativo que era ver a alguien con una sonrisa tan amplia y luminosa en un horario que solo le producía malestar a la gente dormilona. Estaba segura de que en los minutos que llevaba sentado esperándome ya le había alegrado (o amargado, nunca se sabe) el día a la mitad de los y las camareras del lugar con su contagioso humor.

—¡Momo! —me saludó de forma entusiasta mientras movía su mano de forma extraña e innecesaria. No tenía pa' qué hacerse notar si ya habíamos hecho contacto visual, pero así era el hombre y no había nada qué hacerle.

Le hice un gesto con la mano en respuesta y tomé asiento frente a él.

—Te pedí un mocachino y un muffin de vainilla —me avisó recargándose de forma despreocupada sobre la silla. Abrí la boca para darle las gracias, sin embargo, él se me adelantó en hablar—. Si no te gustan me los como yo así que no hay drama.

Jacky sieras, me gustan ambos —me burlé con una sonrisa mientras apoyaba mis codos sobre la mesa—. ¿Querías que te acompañara a desayunar aquí no más? —cuestioné sin poder aguantar que la curiosidad tomara control de mi voz—. No creí que te gustara tomar cafecito en lugares en los que la gente viene a romantizar su vida.

—No me gusta —contestó de forma despreocupada confirmando mi punto—. ¿Dormiste con el Vicente, cochinona?

Puse los ojos en blanco.

—No va al tema.

—Sí va, porque no llegaste a dormir anoche y hoy apareciste tarde a nuestro lugar de encuentro. Va al tema todo aquello que me afecte directamente. —me acusó señalándome con su dedo índice.

—Llegué tarde porque a las siete me llamaste para avisarme que íbamos a juntarnos una hora antes —le reclamé, recordando que había tenido que levantarme más temprano—. Me quitaste una hora de sueño, no te lo voy a perdonar.

—Ay no... Que me perdone Dios que tú no lo vas a hacer —comentó con un puchero fingido en sus labios que me provocaron mostrarle mi lengua.

Cuando la muchacha de la cafetería irrumpió en nuestro metro cuadrado con lo que mi cuñado había pedido, le di las gracias con una sonrisa e inmediatamente probé el contenido de mi taza para saber si era necesario o no echarle azúcar.

Estaba extremadamente dulce así que como de momento no quería una muerte inminente no le eché más azúcar de la necesaria.

—Si necesitas algo más, me avisas —señaló nuestra proveedora de comestibles con una sonrisa en dirección a mi cuñado.

¡¿Y si yo necesitaba algo?!

—Gracias, pero estamos bien con esto. —él respondió con una sonrisa amable y sus ojos puestos sobre lo que parecía ser un café puro y sin rastro alguno de dulzura. Café digno del Grinch.

—¿Te lo tomas así no más? —cuestioné de pura sapa.

—Sí, me quedo raja con facilidad así que me acostumbré a tomar café puro y bien cargado cuando entré a la U para mantenerme despierto —me contó arrugando su nariz al mismo tiempo en el que agarraba su tacita de café. Probablemente esa cantidad no le servía ni para agarrar el sabor—. A veces tomo café con coca-cola.

PAPI MECHÓN (editando)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora