Capítulo 32:

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El lujoso restaurante estaba decorado con luces resplandecientes, en esa oportunidad el show fue de las canciones de Marilyn Monroe, una doble de la actriz meneaba las caderas de manera muy sensual mientras mi esposo dividía en pequeños trozos mi ...

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El lujoso restaurante estaba decorado con luces resplandecientes, en esa oportunidad el show fue de las canciones de Marilyn Monroe, una doble de la actriz meneaba las caderas de manera muy sensual mientras mi esposo dividía en pequeños trozos mi jugoso filete de carne. De pronto todos los gratos recuerdos que guardaba de ese lugar invadieron mi mente, en cada uno de ellos estaba mi esposo, todos y sin falta, cenas, comidas, entremeses y diversas ocasiones que paseamos juntos, divertidas experiencias que alegraron mi vida en la finca del terror y me llenaron de una emoción espléndida. Observé a mi hombre bien concentrado en descuartizar parte de mi comida, y no pude evitar sonreír maravillada, después de abandonar nuestro recinto ceremonial de ensueño la felicidad no cabía en mi pecho. Mi corazón retumbaba de dicha pura. Me removí inquieta sobre sus piernas donde estaba sentada.

—¿Sucede algo, mi cielo? —Interrogó confundido cuando me devolvió mi plato, y giró la cabeza para ver el show—. ¿Hice algo impropio? Te juro que recién veo a esa mujer...

—¿No crees que la gente pensará mal de nosotros? Creí que solo debía comer sobre tus piernas en casa…

—Me importa una mierda, el lugar de mi esposa es sobre mis piernas, despierta o dormida, da lo mismo.

—Me tienes hechizada, mi amor. Eres muy especial conmigo y no puedo evitar rogarle a Dios que no te aleje nunca de mí... Le ruego que detenga el tiempo, déjame vivir siempre en este momento, no me lo quites, si me estás cuidando nunca lo olvides, jamás retires tu atención de mí —el tenedor de mi esposo cayó en la mesa, soltó el utensilio impresionado, su boca estaba abierta y su expresión atónita—. ¿Te imaginas? Yo pidiéndole a Dios cuando había dejado de creer en él...

—Esa fue la más sublime declaración de amor que escuché en mi vida, Mari. ¿Son tus votos nupciales? Me los debes, en nuestra primera boda no los tuve, y en la segunda tampoco —sujetó mi barbilla para besarme apasionadamente, de inmediato me quedé perpleja.

—Alec yo no... Esto no fue...—mis nervios fueron difíciles de ocultar.

—Basta, niña —sus ojos azul cielo me observaron, intensos—. Lo recuerdo, y repito todo en mi mente hasta congelarme en una sonrisa irónica, mientras abrazabas tus piernas a mi espalda y me preguntaba “¿por qué no soy suficiente hombre mi preciosa hija?”… Finalmente logré meterme dentro de mi cielo, yo mismo me adueñé de tu cuerpo, y me convertí en tu “adoración”. 

—Adorar a una persona no es lo mismo que amar, Alec. Es completamente distinto —me defendí de sus argumentos. 

—¡Exacto! Te otorgo toda la razón, Mari Mulroy de Mulroy. ¿Existe algo más fuerte que la idolatría? ¡Por supuesto que no! Aquel dios al que le ruegas lo tienes frente a ti, estoy aquí comiendo y bebiendo contigo, y después te llevaré a mi lecho y harás lo que tú dios desea, lo que yo quiero que hagas. Jamás busqué tu amor, bebé. Esa mierda es un cuento infantil, quiero tu adoración, y la tengo para siempre.

Lactancia MaternaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora