¿Alguna vez has pensado que un embarazo cambiaría tu vida?
El destino de Marina Hardy cambia radicalmente cuando se vuelve nodriza del único hijo de Alec Mulroy, un viudo alcalde ruso aparentemente normal que esconde mucho más que corrupción. Ella s...
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Mi dominio comenzaba observando al ser humano que estaba postrado a mis pies, mi vanidad aumentó viéndome reflejada en Yerik Romanov... Sí, conocía ese estado de ceguera amorosa, y por más que me golpearan en la cara no sería capaz de entrar en razón. Poco quedaba del joven asistente que había conocido en la finca del terror; un muchacho alegre, y educado que estaba consumido en una parodia de él mismo. Sí, me sentí identificada porque yo también imploraba por el amor del alcalde, pero fui lo suficientemente astuta para quedarmelo.
—Tardaste, Romanov. Tienes suerte que hoy me encuentro muy satisfecha, y por esa misma razón tendré compasión de ti—miré al pequeño niño que ayudaron a acomodar en su silla de comer—. Acepto tus disculpas, y espero por tu bien que no se vuelva a repetir o tendré que pedirle a mi marido que te despida.
Con elevada soberbia avancé mis pasos a mi lugar en la mesa del comedor, justo al lado de mi esposo, estaba actuando como una completa desgraciada, una digna esposa para el alcalde Mulroy. Todo el séquito de funcionarios me presentaron sus respetos después de que Yerik se puso en pie con el rostro rojo por la vergüenza, todos alabaron mi vestido, maquillaje y joyas. Sonriendo de felicidad disfruté del exquisito banquete culpando al cretino de Malcom por cada vez que había dudado de mi valor, y de lo que era capaz de conseguir por mi propia cuenta, bendiciendo a Misha por dejarme al cuidado de su pervertido tío.
—¿Estás complacida, mi niña? —Murmuró el alcalde sonriendo radiante, sabía muy bien el premio que le esperaba en nuestra alcoba.
—Demasiado feliz, mi amor... Te lo compensaré muy bien a la hora de tu ordeña…—extendí mi mano para que depositara un beso en el dorso como el caballero galante que era.
El almuerzo transcurrió ameno entre pláticas banales, comentarios políticos y chistes de humor social. Delia aprovechaba la hora de las comidas para pedirme que pusiera a prueba lo aprendido en sus clases, era una mujer inteligente, audaz, y fácil de tratar. Mi mandíbula dolía de tanto sonreír a los asistentes, y cuando terminó el banquete mi maravilloso esposo se despidió volviendo al municipio para cumplir con las funciones de su cargo.
—Este es el avance del curso de lenguaje y escritura...—el profesor Spencer cumplió su palabra, su plan de estudios era incluso mejor que el de Motka, realmente motivador para un niño de la edad de Ray, sorprendida leía los apuntes del educador, luego me entregó unas pinturas impresionantes—. La técnica que estoy usando está dando sus frutos, señora Mulroy. Aquí tiene algunas muestras del curso de arte y acuarela.
—¡Dios mío...! ¿Tú pintaste esto, cariño? —Le pregunté al borde de las lágrimas, es hermoso.
—Sí. Raymond Picasso de Mari —Ray señaló el paisaje colorido—. Picasso bueno.