¿Alguna vez has pensado que un embarazo cambiaría tu vida?
El destino de Marina Hardy cambia radicalmente cuando se vuelve nodriza del único hijo de Alec Mulroy, un viudo alcalde ruso aparentemente normal que esconde mucho más que corrupción. Ella s...
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No debí rendirme tan rápido... Pero es que... Me fascinaba ser consentida por el alcalde, tenía todo lo que una mujer deseaba para formar mi familia ideal. Alec era un caballero detallista, atractivo, salvaje por las noches, y muy encantador durante el día. Una extraña mezcla de niño y hombre capaz de enloquecerme, ángel y demonio, inocente y criminal, cielo y mucho infierno. Era feliz contemplando la imagen de una chica blanca con los labios hinchados por tanta pasión compartida, perfectamente vestida, peinada, perfumada y elegante. Era deliciosa la sensación de contar con mucho dinero de mi nuevo propietario, cuando te despojan de todo lo bueno de la vida un simple destello de luz logra atraparte, y yo estaba prisionera de mi esposo, me gustaba estarlo. Fue difícil cubrir la mordida en mis labios aunque las marcas de mi cuello resultaron más fáciles gracias a la altura del cuello de mi deslumbrante vestido, otro más para mi colección. Lo merecía, y estaba dispuesta a soportarlo todo por él.
—Te ves realmente hermosa, cielo —su halago me obligó a sonreír cuando me abrazó, era todo un seductor experimentado—. ¿Lista para visitar al ladino de Lemus?
—Sí, señor —la soledad ya no me decía nada, dejó de existir gracias a Alec, no me importaba nada más—. ¿Qué pasó con Dasha? ¿Se suicidó por su humillante derrota?
Bromeé maliciosa atacando sus labios de la forma que le gustaba, coloqué el seguro de la hebilla de su correa, y luego me puse de cuclillas para encargarme de sus zapatos. Era mi rutina habitual, debía vestir a mi esposo y después a mi hijo.
—Dasha no está muerta, aunque podría estarlo si lo deseas —solté sus cordones debido a la impresión, él continuaba leyendo el diario comercial sin tomar en cuenta lo afectada que me dejaron sus palabras.
—Mi amor... ¿Estarías dispuesto a matar al pajarraco por mí? —Acomodé las mangas de su pantalón, y continué con el chaleco.
—Vivo para complacerte, cielo. En mi postura política jamás me ensucio las manos, pero mandaría a mi gente.
—¿Y si quiero a Yerik muerto? ¿También lo harías? —Decidí tentar al diablo ruso, y este elevó una ceja por sobre la hoja del periódico.
—¿A quemarropa o descuartizado?
—Mierda...—me creí una revolucionaria con mi provocación pero estaba horrorizada como un cachorro tembloroso, sostuve su bello rostro y besé sus labios lentamente, dibujando el contorno de su boca con la punta de mi lengua—. ¿Tu empleado lo sabe?
—En efecto, lo sabe. Romanov se encarga de limpiar el registro de las muertes dentro de mí gobierno, ¿por qué?
—Entonces el estúpido no se humilló por amor, fue para salvar su jodido pellejo... ¿Y Dasha?
—En la finca de Gus llorando sus penas con su hermana, ¿realmente te interesa? Vamos de paseo, mi amor. Tenemos cosas más importantes que atender —sujetó mi mano con delicadeza, y yo celebré mi fortuna volviendo a besarlo.