¿Alguna vez has pensado que un embarazo cambiaría tu vida?
El destino de Marina Hardy cambia radicalmente cuando se vuelve nodriza del único hijo de Alec Mulroy, un viudo alcalde ruso aparentemente normal que esconde mucho más que corrupción. Ella s...
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—Soy consciente de que me estoy aprovechando de muchas cosas, te conozco, y es fácil para mí hacerte caer, recuerda no volver a salir de mi puta finca sin mí —tragué saliva simulando calma, sabía que mi osadía fugitiva me costaría caro.
—Lo que usted ordene, mi señor. Nunca pensé casarme con mi padre, sin embargo me tienes aquí, llena de ti —protesté.
—Oh mi dulce niña... Tú eres mía para siempre hasta que la muerte nos separe, y nada de lo que ocurra me podrá separar de ti.
—No quiero separarme de ti, no lo hagas —volví a abrazar a mi esposo, aquel hombre que siempre me hablaba con la verdad—. Yo estaré a tu lado hasta que la muerte nos separe, lo juro.
Un beso voraz selló mi juramento, caminé de su mano pensativa hasta montarnos en el lujoso carruaje. Alec me había regalado los mejores días lejos de su finca, fue una sublime y pequeña muestra de lo que sería nuestra luna de miel, días maravillosos con exceso de sexo que adoré, me tenía como una estúpida marioneta andando al son de su capricho. Con mil dudas martillando mi cabeza, muy confundida, excitada, encantada, iba mirando el trayecto de regreso a la preciosa hacienda rusa que era mía, mi nueva prisión. Mi esposo me tocó todo cuánto quiso en la privacidad de nuestro transporte, revisando debajo de la falda de mi vestido con su pervertida lengua, mi humedad causada por sus traviesas manos le divertía en grande.
—¿Bebé tiene frío? —preguntó curioso al verme temblar gracias a su manipulación—. ¿Mari...?
—Un poco, pero no traje abrigo...
—Toma, póntelo tú...—me entregó su suéter, era bastante simple y juvenil para un hombre tan sofisticado como él, me lo puse y me sonrió con dulzura—. Te queda mejor a tí, mi amor.
—¿De verdad...? —Miré la prenda que olía extraño, y al levantar la cara me encontré con sus bellos ojos azules, en ese instante todas las piezas se unieron en mi mente, él no era bueno, para nada bueno, pero yo tampoco, tomé su cara entre mis manos y lo besé con voracidad—. ¿Qué harás con tu estúpido asistente enamorado?
—Se quedará en su puesto mientras me resulte conveniente el exorbitante aporte económico de su padre —sus carcajadas hicieron eco dentro del transporte—. ¿Son celos o egocentrismo?
—Compasión, sátiro. Te recuerdo que fui amante del doctor Mulroy meses antes de su boda... Conozco bien ese sufrimiento aunque se presente silencioso.
—En efecto, Mari. Conoces de buena fuente que cuando un caballero de esta patria elige a una dama para desposar nada bajo este cielo detiene su juramento. ¿Cierto?
—Umm papi... ¿Desde cuándo me elegiste?
—Desde tu anterior nacimiento, niña —me lanzó una nalgada que me hizo chillar,—. Oh sí... Mataría por tus ojos oscuros, vaquita... Mira en lo que me has convertido... Me vuelves loco… ¡Maldición...!