Capítulo 4:

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—¿Hablaste otra palabra? ¡Muy bien, Ray! Mi bello hijo es todo un parlanchín —Ray aplaudió y me aproximé a la cama para empezar con mi lectura, no debía bajar la guardia y menos con el pajarraco vigilándome todo el tiempo

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—¿Hablaste otra palabra? ¡Muy bien, Ray! Mi bello hijo es todo un parlanchín —Ray aplaudió y me aproximé a la cama para empezar con mi lectura, no debía bajar la guardia y menos con el pajarraco vigilándome todo el tiempo.

—Personalmente no comparto el visto bueno del patrón, yo pienso que no estás capacitada para ser la nodriza del honorable alcalde Mulroy. Además, podría jurar que no durarás una sola noche cuidando al niño —Dasha me retó.

—¿Quiere apostar, señora?

—¡Señorita! —Me corrigió la bruja.

—Oh, lo siento, debí suponer que nadie se atrevió a follarla hasta ahora. Le ofrezco mis disculpas, señorita Dasha.

—No voy a descansar hasta mandarte de vuelta a ese infierno, que es donde pertenecen las zorras cómo tú. ¡Con permiso!

—¡Bruja! —Ray chilló divertido aplaudiendo mientras saltaba sobre su cama, celebré su hazaña pero pronto solté un hondo suspiro, el pajarraco abandonó la habitación dejándome sola con el niño—. ¡Mari!

—Sí, cariño. Déjame leer esta enciclopedia... ¡Madre mía...!

El horario de Raymond tenía más de cincuenta hojas repletas de labores inapropiadas para un niño de su edad, su día iniciaba a las cinco de la mañana, y ese detalle me ocasionó una migraña. Una hora de cambio para desayunar a las seis, luego seguían intervalos de alimentación cada cuatro horas a reloj, con descansos entre el almuerzo y la cena, mientras que en la noche debía alimentar al querubín cada tres horas hasta el alba. Un vértigo de muerte me obligó a soltar el rol, era demasiado suministro de alimento, no quería volver a pelear con el alcalde, y tampoco podía luchar contra un régimen educativo extranjero pero aprendería hacerlo por Ray, porque me parecieron injustas tantas normas para él. Resignada revisé el horario, faltaba poco para tomar un baño, y yo también lo necesitaba para borrar la calentura, y las marcas de los dientes de mi rubio distante en mis senos, debía apagar la poderosa excitación que me acompañaba con agua fría. No fue difícil ubicar el cuarto de aseo, definitivamente mi amada finca municipal era más grande, moderna, y lujosa que la anterior. Lo más sorprendente fue que el agua salía caliente del mismo grifo, en ese castillo no tenía necesidad de pedir a las mucamas cargar pesados baldes de madera para llenar la tina. No entendí lo que decían las etiquetas de los frascos así que vertí un poco de cada uno formando excesivas burbujas, a Ray le encantó mi torpeza.

—¡Purrum, Marí! ¡Boop, boop, boop! —movía sus barcos de madera mientras le quitaba la ropa—. ¡Tap, tap, fluya!

—¿Por qué no hablas, cariño? —Sujeté su carita con ambas manos, y sus hermosos ojos azules me miraron fijamente—. Sé que puedes hacerlo, ¿por qué no quieres, diablillo?

Lactancia MaternaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora