Capítulo 65:

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—Te amo, Alec —su enorme mano se posó en mi cadera, embarró helado en mi mejilla y comenzó a lamer riendo embobado, entre lamidas y besos el ambiente se calentó tanto que me llevó alzada en sus brazos de regreso a nuestra cama, su lengua se adueñó...

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—Te amo, Alec —su enorme mano se posó en mi cadera, embarró helado en mi mejilla y comenzó a lamer riendo embobado, entre lamidas y besos el ambiente se calentó tanto que me llevó alzada en sus brazos de regreso a nuestra cama, su lengua se adueñó de mi boca por completo silenciando mi voz, sus ojos penetrantes me encontraron, tan preciosos como crueles—. No tiene sentido ocultarme las cosas...

—Espera... Mari... ¿Estás algo molesta? ¿No quieres golpearme? ¿No piensas formar un lío por Marianne? ¿Qué pasó con el escándalo femenino?

—¿Y gastar energías en vano? Eres un grandioso estratega y te admiro, tenías todo bien planeado hace tiempo. Al principio pensé que matabas a los corresponsales por celos, pero todo me quedó claro, en realidad no querías que me enterara sobre Marianne. El doctor te importa una mierda, es parte del teatro. ¿verdad? Te aseguraste que descubriera la verdad en un momento tan crucial como un nuevo embarazo que opacara cualquier asunto del pasado, conozco la ley y sé perfectamente que este niño no es mío, y si se me ocurre alejarme de ti jamás me dejarás verlo. Solo me queda una duda... —mi pecho estaba oprimido por el temor, me costaba respirar—. Nunca me has mentido, siempre me has dicho la verdad y quiero saber... No importa lo cruel que pueda ser... ¿En verdad me amas o eso también es falso...?

—¡Oh Mari...! Maldita sea —quiso besarme pero lo detuve.

—Te resultó muy fácil engatusar a una chica torpe y humillada como yo... Nuestro viaje a India, tus divinos obsequios, copiaste los modos de Jojo para acercarte a mí y ganarte mi confianza en la finca de tu hermano... —Mis lágrimas cayeron sin control, me dolía mi corazón enamorado—. ¡Claro! Sabes todo del profesor Hardy, lo acosaste durante años, su andar, su estilo, su manía por el tabaco, los libros que me leía de pequeña, imitaste a tu amante para ganar a Misha... 

—Mari, es suficiente. Deja de hablar tonterías.

—¿Realmente me amas o solo soy la reina en tu tablero de ajedrez? ¿Por eso no despides a Yerik? Te siguen gustando los caballeros, y yo soy parte del teatro para tu campaña política. ¡Conseguiste una perfecta esposa joven y obediente a quien entrenaste como a un jodido perro!

—¡Basta! ¿No te das cuenta de lo que estás diciendo? Soy un hombre rico, ¡tengo mucho dinero! ¿Crees que conseguir una buena mujer para coger como un jodido demente es difícil para mí? ¡Joder, Marí! ¿A cuántas malditas odaliscas tuviste que espantar de mi lecho en India? La misma cantidad de mujeres que seguramente sacarás de mi oficina en el municipio... ¡Te amo, Marina! ¡Te amo desesperadamente! Conoces la ley, sabes perfectamente lo que les sucede a las hijas de las esclavas, amor. ¡Lo sabes! Fingir la muerte de Marianne fue lo mejor, existe un hombre en la familia con una profunda obsesión por devorar su propia sangre, y... 

—¡ANGUS....! 

Mi cabeza estalló con los terribles recuerdos del velatorio del juez, y el nefasto destino de su hija huérfana. Quería que el dolor punzante de mi herida maternal fuera pasajero y después volver a la normalidad, pero no, ya se había incrustado en mis entrañas. Me aferré a su pecho para llorar como la niña que salía a flote entre los brazos de mi padre, mi esposo me sostuvo brindándome consuelo repartiendo besos cada tanto en mis mejillas. Comprendí la situación perfectamente, en ese momento era esposa del alcalde Mulroy, sin embargo, cuando aconteció el nacimiento de mi hija todavía era una simple esclava de su hermano, y Marianne fue producto de esa esclavitud. Una parte de mi alma se fue aquella noche en donde mi cueva matrimonial se llenó de invierno, y el amor de dudas, quise retener la esperanza de recuperar mi felicidad completa un poco más, rescatar el barco, pero ella ya se había lanzado a otro mar. Mantener a mi hija lejos de su padre y abuelo fue el gesto de amor más grande que pudo demostrarme, esos malditos lunáticos la podían devorar sin importarles que madure adecuadamente hasta la edad para aceptar a un caballero en su lecho. Le abrí la puerta a la esperanza, y dejé que se fuera bien.

Lactancia MaternaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora