¿Alguna vez has pensado que un embarazo cambiaría tu vida?
El destino de Marina Hardy cambia radicalmente cuando se vuelve nodriza del único hijo de Alec Mulroy, un viudo alcalde ruso aparentemente normal que esconde mucho más que corrupción. Ella s...
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—Mi niña... Es suficiente, no vale la pena que nuestros hijos sean testigos de esta mierda, basta por hoy —Alec me sujetó los hombros para detener mi enfado irracional, estaba realmente furiosa con mamá—. Emma, entiéndelo de una maldita vez. Nuestra hija ya es toda una mujer, yo la hice mujer para mí, creció cómo me gusta. Y somos muy felices juntos, supera el pasado y bríndanos tú bendición. Pronto voy a preñar a mi hija otra vez, y quiero que este embarazo sea más perfecto que el anterior, tu compañía y orientación será importante para mí niña.
—¿Tendrán otro hijo...? ¿Qué mierda estás haciendo, Mulroy? —Titubeo mamá con el rostro pálido, mi príncipe se paró detrás de mí para apretarme contra su cuerpo abrazando mi cintura, incluso a mí me sorprendió su anuncio.
—He mejorado la educación de mi hija en tu ausencia, Mari es muy inteligente ahora y aplicada en sus materias. Sí, nuestra hija está lista para ser una dama política, Emma. Y la amo, mi hija es mi adoración, amo a Mari, por lo tanto quiero más hijos de mi hija, muchos más, la haré parir tantos hijos que llenen este jodido castillo con pisadas de bebés perfectos como la hija que me diste.
—¡Suficiente! ¡No lo tolero más! ¡Tú jamás serás mejor padre que mi difunto esposo, criminal! ¡Tú nunca serás mejor que...!
—¡Alec es mil veces mejor padre que John Hardy, mamá! —Interrumpí su discurso antes de que continuara, ella me miró con furia, y se retiró de la mesa llorando—. Lamento todo esto, padre. Mamá cada día está más insoportable...
—Tu madre está celosa, mi niña... —susurró en mi oído y toda mi piel se estremeció, el demonio estaba levantando sus garras para provocarme—. Invierto demasiado tiempo encerrado en la alcoba de mi dulce hija, quizá debería ser más precavido esta noche cuando deje la cama de mamá para dormir con mi tierna hija...
—Oh, papi… Tú nunca duermes, me mantienes despierta a gritos y me encanta —susurré sucumbiendo a sus perversas provocaciones—. Nuestros hijos y esa niña siguen en la mesa, pueden escuchar... —miré a los niños que jugaban con las presas de carne, cuando menos lo pensé sentí sus firmes dedos sujetando mis piernas para levantarme en sus hombros—. Acabo de comer, voy a vomitar...
—Descuida, princesa. Tu padre te volverá a llenar de leche en nuestra cueva. Es tiempo de invernar, conejito.
Amaba a morir mi nueva vida de princesa cuyos privilegios aumentaban alimentando la enfermedad de un perturbado caballero de gustos cuestionables, la presencia de mi madre en casa era de gran utilidad para saciar los caprichos de cama de mi marido. Y de pronto olvidé que yo también existía, que era una niña pasando a ser mujer. La mujer consentida y dependiente de su sádico príncipe, de esa forma conseguí dominar a la bestia sexual rusa con la que me había casado. Ali empeoró más, tanto que ordenó colocar columpios especiales por todo el castillo y uno más grande en nuestra cueva para gozar suspendido en el aire. El divertido columpio me gustaba demasiado, incluso los niños lo usaban para su hora de juegos. La nueva amiga de Raymond se llamaba Clarisse, era una niña extraña que se portaba cómo un perro salvaje y siempre visitaba a mi hijo porque no podía hablar, solo gruñía como un animal, y él era el único que lograba entenderla. Era una hermosa niña de su misma edad, rubia con unos hermosos ojos verde esmeralda, hija adoptiva del sanguinario Aarman Khan que había dejado crecer en el jardín de su mansión porque le importó una mierda su paternidad, y estaba a buen resguardo de Charles Dellinger como su guardaespaldas, el Halcón Americano. Y luego de una feliz tarde disfrutando de los tres niños y varios libros para colorear conseguí dormirlos al pie del balcón donde era más fresco.