Capítulo 18

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Tyler


El ambiente familiar en mi hogar siempre fue de lo más detestable posible: nunca llegué a conocer a mi madre, ella murió a los pocos meses de yo nacer. Mi padre y mi hermano mayor siempre se han ocupado de mí desde el primer momento, pero si he de ser sincero, ojalá haber estado en algún internado. Cualquier cosa que no fuera estar en mi casa me ponía de muy buen humor. Es una historia un poco complicada de narrar, pero me gusta que se sepan mis orígenes. Mi historia. Mis vivencias:

— ¿Algún examen aprobado estas últimas semanas?

— Geografía, un diez.

—Excelente, Tyler.

Mentí, mentí como un maldito criminal en las narices de un tribunal negando su acto.

Mi padre siempre ha sido una persona un poco complicada de comprender y entender, ya que nunca se le podía llevar la contraria en nada, absolutamente en nada. Aunque se diera la casualidad de que tenías razón, por tú bien físico era mejor que cerraras el pico o las cosas se ponían un poco feas (por no decir bastantes).

Siempre fue violento, Harrison siempre ha dicho que él antes no era así; que todo era distinto cuando la luz predominaba en la casa, cuando la felicidad siempre estaba presente. Cuando mamá estaba viva.

— ¡Tyler!, ¡Tyler!

Los gritos provenían de arriba, de mi habitación. Era Harrison llamándome a todo pulmón, como si de la mañana de reyes se tratase, con la misma ilusión. Y fue al subir las escaleras, cuando desgraciadamente, toda mi vida cambió radicalmente.

Lo encontré apoyando su espalda contra el lateral de mi cama, con las piernas estiradas y escondiendo algo detrás de sus manos. Lo primero que pensé era que sería algunas tonterías de las suyas, o que simplemente disfrutaba haciéndome perder el tiempo. Pero no, aquello que extrajo de sus manos me dejaría perplejo en aquella habitación.

—Espero que me haya tomado las molestias necesarias al subir, estaba muy tranquilo abajo viendo la televisión.

—No te vas a creer lo que me han regalado— dijo con una sonrisa pícara de oreja a oreja—. Nunca antes has visto esto en tu vida, te lo aseguro.

—Por favor, como me enseñes otra revista de alguna tía desnuda, te la tragas, idiota.

Sus manos quedaron a mi vista: una pequeña bolsa de plástico con una especie de arena de color verde. No podía creerlo, no quería, me negaba rotundamente a aceptar mentalmente lo que estaba contemplando en aquel momento.

—Eso es... ¿Lo que yo creo que es?

—Es hachís— dijo abriendo la bolsa y oliendo el contenido que esta contenía—, no pongas esa cara de preocupación, hermanito. Técnicamente sí, esto es droga. Pero eso no significa que yo de ahora en adelante me dedique a catar cada uno de los diferentes estupefacientes que existen en el mundo, no. Solo es una vez, por probar.

Así empezaban todas las personas que yo conocía, "por una vez no pasa nada".

—Harrison, por favor. Dame eso.

—Y una mierda, que me ha costado veinticinco euros. No tienes ni idea de lo caro que valen una de estas.

— ¿Quién te lo ha vendido?

—No es de tu incumbencia.

—Sí, lo es.

—No.

—Harrison, por favor. No compliquemos esto. Dame la bolsa y yo me deshago de ella.

— ¿Deshacerte de qué?

Harrison y yo nos volteamos a la vez en dirección a la puerta. Las tiemblas me temblaban y estaba empezando a sudar mucho por toda la frente, mi padre se encontraba con una mano apoyado en el marco de la puerta.

— ¿Qué tenéis ahí? — dijo entrando directamente hacia las manos de Harrison.

La mirada se le paralizó al contemplar lo que había dentro de la pequeña bolsa. Elevó a mi hermano con sus brazos, haciendo que este ni tocara el suelo. Es entonces cuando conoció verdaderamente el rostro enfadado y de decepción de mi padre.

— ¿Es esto tuyo? —Dijo sin apartarle la mirada de sus fríos ojos—, ¿es mi hijo un patético y ridículo drogadicto que ahoga su triste vida de mierda en estas cosas, Harrison? ¡¿Tanta mierda tienes adentro para que directamente te la metas tú mismo?!

—Yo... esto... no es lo que parece, papá. De verás— dijo sollozando y balbuceando. Pero como he dicho antes, no hay excusa capaz de cambiar de parecer en mi padre. Arrojó a Harrison sobre la moqueta del cuarto y empezó a golpearlo de una manera muy simultánea: puñetazos en el peco, patadas en el costado, bofetadas que iban más rápidas que un propio parpadeo. Y entonces, me di cuenta que tenía que actuar de cualquier manera.

Te arrepentirás de esto el resto de tu vida

—Papá, suéltalo.

Ignoraba mis palabras.

—Papá, por favor, para de una vez.

No sé en qué momento nació todo el valor que contenía para hacer lo que hice. Como si de un instinto protector se tratase, actué de la única manera más razonable que se me ocurrió en aquel instante:

— ¡PAPÁ, DETENTE DE UNA VEZ! ¡YO SOY EL QUE HA TRAÍDO LA DROGA!

Silencio.

Estaba dándome la espalda todo el tiempo, y la forma en la que paró de aporrear a mi hermano me puso muy horrorizado, como si de un botón de pausa se tratase. Me miró de reojo, volvió a mirar a mi hermano y de nuevo a mí.

— ¿Dice tú hermano la verdad, Harrison?

Me miró, le sangraba la nariz mucho. Nuestras miradas se mantuvieron cinco segundos a la vez que una pequeña lágrima rozaba mi rostro. Le hice un pequeño gesto con la cabeza diciéndole que "sí"

—Sí, ha sido él

Esas fueron las últimas palabras que escuché de mi hermano. Acto seguido, mi padre me arrastró cogiéndome del cuello hacia la parte baja de la casa, y cuando me refiero a una parte baja, es el maldito sótano. ¿Lo malo de todo este acto de compasión?, que era viernes y al día siguiente no tenía clase. Bueno, ya el resto de la historia os haréis una idea de qué sucedió, ¿no? Cuando volví a ver la luz del sol el domingo por la tarde, se me hizo hasta raro después de toda la oscuridad y el frío que me había ocasionado estar ahí adentro.

Pero sabía perfectamente que no estaba solo en ese lugar lúgubre y lleno de polvo: mamá ha estado con nosotros siempre, y en los momentos más duros y difíciles. Sabía que la había tenido a mi lado esos dos días de pesadilla, porque todos tenemos a una persona que nos ilumina los temores y miedos como si de una linterna se tratase, pero no una cualquiera, una linterna mágica. Para que nunca se apague, porque es tanta la energía que tienen, que pueden iluminar nuestros caminos hasta el resto de nuestros días.



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Siento mucho la desaparición que he tenido durante todo este tiempo, pero me está costando un poco. Espero que no hayáis sufrido mucho :')


David

Aquello que dejamos a mediasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora