Tyler
Londres, hace algunos años...
Regresé de la escuela mirando hacia todos los alrededores que envolvían aquella tarde fresca de Londres. Las ardillas iban de un lado hacia otro correteando sin cesar en las zonas verdes del parque que había en frente de mi casa.
Desvié la mirada hacia mi fachada. No encontraba ninguna luz prendida en mi casa, en cambio, en la pequeña casa de debajo de la mía, había una ventana iluminando toda la entrada principal del exterior.
Subí los pequeños escalones que daban acceso a mi puerta principal. Saqué las llaves de mi pequeña maleta Nike, y contemplé que, efectivamente, no había nadie aún en la vivienda.
—Déjame decirte, que hasta en el propio funeral de Lord Voldemort, habría más gente que en tu casa ahora mismo. ¿No te da miedo quedarte aquí solo sin nadie?
Si ella supiera cómo es convivir con la verdadera soledad...
—Me has asustado. No te esperaba detrás de mí.
—Sí. Veo tu rostro totalmente horrorizado —dijo alzando sus manos imitando un gesto un tanto irónico—. Al fin y al cabo, te estoy haciendo un favor, guitarrista
—No soy guitarrita. ¿A qué te refieres con lo que me has dicho?
—¿El favor?
Asentí.
—Me he dado cuenta que no hay nadie aquí ahora mismo —dijo mirando hacia el interior de mi casa—, así que si quieres, puedes quedarte conmigo abajo todo el tiempo que quieras.
Le hice un pequeño escáner con la mirada. Llevaba puesto un pijama muy cómodo casual gris, y una coleta agarrada mediante una pinza. Clavé mi mirada de nuevo en sus ojos, y para mi sorpresa, los suyos reposaban en una parte totalmente a la que yo no creía pensar que podían estar. Era obvio que aquel beso le gustó. Apostaría cualquier ejemplar de los libros que hay en mi estantería. El pestañeo de los ojos, muchas veces, dice mucho más que las palabras que suelta nuestra boca.
No quería que aquello se convirtiera en algo cotidiano o rutinario. Alguno de los dos en cualquier momento acabaríamos explotando, y no quiero ser yo el que salga volando por los aires debido al impacto.
—¿Cuáles son tus intenciones conmigo, Emma?
—Ningunas. No soy de seguir un sendero en específico. Me gusta vivir. Sin frenar. Sin volante.
—Cuidado con las direcciones que puedes llegar a tomar en la vida ante alguna circunstancia. Ahí es cuando te hará falta un volante si quieres tomar la salida adecuada antes del caos.
—Sí. Disculpe, Rayo McQueen. No tengo todo el día. ¿Te vienes o te quedas?
La observé una vez más. Era toda una rival y contrincante en la vida. Tenía una actitud desafiante ante cualquier peligro que le pudiera llegar a suceder.
—Bajemos.
Me guio de nuevo hasta su habitación —en la cual, esta vez ya me la conocía muy bien—. Había colocado un par de muebles nuevos desde la última vez que entré. Le daban un toque minimalista a todo aquel refugio. Esbozó una sonrisa cuando se percató que lo primero que buscaba mi mirada era la guitarra guardada en una pequeña funda negra apoyada en la puerta del armario. Cerró la puerta y se dispuso a abrirla de nuevo para volver a entregármela y empezar a soñar mientras deslizaba una vez más mis dedos por aquellas cuerdas finas y frágiles. Tomó asiento en su cama, mientras que yo la miraba en silencio sentado en la alfombra del frío suelo. No sabía cómo empezar. Se me nubló la mente al verle la mirada brillante conectando con la mía.
—¿Esperas al apocalipsis o algo?
—¿Qué?
—Joder, Tyler. Empieza a tocar. ¡Vamos! Déjate llevar, eres un profesional en eso.
No pude. No me salía nada del corazón para poder intentar interpretar. Miré un poco desilusionado a Emma, y sin yo esperarlo, me dijo:
—Llega a ser alguno de los cientos de libros que tienes en tu estantería, y ya estarías por el capítulo dos.
Va siendo hora de poner un cerrojo extra en casa, y uno en el cuarto.
—¿Cómo sabes eso?
Sonrió como una niña pequeña cuando le dan una piruleta en un cumpleaños.
—Tú y yo ya no conocíamos de antes, Tyler.
El corazón se me sobresalía del cuerpo de lo rápido que empezó a latirme.
—No comprendo.
—Hace ya algunos años, fui en busca de un libro que no dejaron de recomendarme mis amigos. Se llamaba La fisura de un corazón roto, no sé si sabes cual es.
—Ni idea.
—El caso es, que cuando estuve mirando por todas las estanterías, me estaba desesperando mucho buscándolo. Recuerdo que hasta empecé a enfadarme muchísimo. Fue entonces, cuando tropecé con un chico. De mi estatura más o menos. Con su impecable pelo marrón y ojos de color miel. Empezaste a disculparte sin parar, hasta te agachaste a recogerme los libros que se me cayeron antes de decantarme por cual llevarme. Esa fue la primera vez que nos vimos, Tyler. Desde entonces, siempre me he preguntado qué habrá sido del pequeño niño de los libros. Creo que, al fin y al cabo, puedo creer completamente en que el destino sí existe.
No aguanté los pequeños impulsos que estaban descontrolando el sistema nervioso de mi ser. La besé con un poco más de intensidad en comparación a como lo hizo ella. Lo recordaba todo. ¿Cómo era posible que a medida que ha ido relatando lo vivido, mi mente ha ido encajando las piezas? Creo que fue su mirada la que mantuvo aquel recuerdo escondido en algún rincón de mi cabeza, pues tiene un poder contra mí demasiado incontrolable y fascinante. Le agarré la parte trasera de su cabeza a medida que nuestras respiraciones iban aumentando por segundo. Nuestros ojos cerrados, dibujando una constelación nueva en nuestros corazones puros.
Aparté entonces la cara de la suya. Los labios de los míos. Sus ojos... de la órbita incontrolable de los míos.
—Lo siento si...
—No tienes que pedirme perdón, Tyler. Desde que me mudé aquí y vi que... Madre mía, es todo tan...
—Irreal —concluí.
—Mis sentimientos hacia ti no son falsos, guitarrista. No tenía planeado... Por qué me resulta tan difícil de decir. Me da miedo que no sea verdaderamente lo que siento. Me da miedo equivocarme.
Vaya, ahora sí que le hace falta un buen volante para elegir bien lo que vaya a decir.
—Emma, ¿cómo sabemos que verdaderamente esto es real?
—Los sentimientos es la única parte de sinceridad que le queda al ser humano dentro del alma.
—¿Y cómo sabes que verdaderamente estás enamorada de mí? —dije. A continuación, Emma emitió un pequeño quejido seguido de un par de lágrimas.
—Porque cuando verdaderamente uno percibe que está enamorado, es como sentirse sin paracaídas en medio de una caída libre: sin límites. Dándolo todo por seguir cayendo en picado. Alzando las manos y respirar fuerte sin temerle a lo que pueda venir.
Hizo una pausa mientras que un silencio abrumador inundaba la habitación de Emma. Se me escaparon un par de lágrimas de mi rostro al escuchar todo. Lo pude comprender. No sabía si yo podría llegar a sentir tan fuerte como lo había logado hacer Emma desde que puso un pie en esta urbanización.
Comprendí entonces, que cuando miras por primera vez a los ojos de alguien, es como conocer desde el principio la creación de un nuevo universo ante ti.
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Aquello que dejamos a medias
RomanceA día de hoy, entendemos perfectamente que las estrellas son pequeños destellos de luces que nacen en un precioso cielo nocturno. ¿Pero qué pasaría si dichas constelaciones fueran personas?, desde un amigo íntimo de la infancia a alguien completamen...