Capítulo 41

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Tyler





Londres, hace algunos años...


Nada me llegaba a motivar al cien por cien. Desde que descubrí que Emma junto a mi hermano, Harrison, llevaban una especie de ¿relación? No sé si podría llegar a llamarse así, pero lo que tenía clarísimo es que Emma había estado jugando a dos bandas y encima con mi propio hermano. No sé quién de los dos me causaba más sentimiento de decepción. Por un lado, Harrison dudo de que supiese nada, por el otro, creo que Emma sí tenía constancia de todo aquello. Y me dolía. Para alguien que me había interesado en toda mi vida... Era duro tener que llegar a vivir eso en tan poco vivido y experimentado en la vida desde el punto de vista amoroso.

Los días pasaban y no sabía nada de ella. Me quedaba viendo la televisión en mi cuarto y asomándome a la ventana para ver si veía movimiento la parte inferior del edificio, pero nada. Parecía como si se hubiesen mudado de nuevo hacia otro sitio y lo hubieran dejado todo ahí. Dudo que eso ocurriese, ya que mi padre se pondría a protestar sobre los ruidos que tendría que haber soportado por el movimiento de los mueble de aquí para allá. Y aunque viviésemos en la parte de arriba de la fachada, las paredes no eran tan finas, y cualquier ruido, por muy minucioso que fuese, se escuchaba. De repente, en la oscuridad de mi habitación, una pequeña luz desprendió una pequeña iluminación hacia la calle. Provenía de abajo. Puede que sean los padres de Emma al regresar del trabajo o puede que sean ladrones entrando a robar. Todo tan oscuro y frío siempre en Londres.

Decidí bajar, como la primera vez que nos conocimos ella y yo. Volví a recrear los pasos, acordándome de cómo lo hice aquel día que vi el camión de la mudanza de Emma y me creía que eran ladrones. No pensé demasiado en la probabilidad de que fueran trabajadores de la mudanza. Fui a lo grande, a la aventura, y siempre pienso qué hubiera pasado si no me hubiese entrado la curiosidad por tener el valor de bajar ahí.

Me puse un abrigo gordo y me ajusté el pendiente de la oreja. Avisé a mi padre de que iba a ver a Emma, y por primera vez en mi vida, me dijo algo que rompió totalmente mis esquemas:

—Esa chica me gusta para ti. ¿Desde cuándo lleva viviendo aquí abajo? No es que la vea mucho salir ni entrar, pero si los oigo —dijo sentado en su sillón con las piernas apoyadas en un cojín.

—No lo sé muy bien —mentí. Sabía el día que vino por primera vez de memoria—. Pero gracias por apoyarme.

—De nada. —Dijo manteniendo la postura tan firme y seria de siempre.

Fue un momento en el que entendí que, aunque haya tanta oscuridad en su interior, siempre hay un hueco para el amor en cualquiera de las tinieblas existentes.

Bajé con cuidado las escaleras del rellano de mi puerta y luego volví a bajar los escalones para llegar al bajo de Emma. La luz seguía encendida de la misma manera en la que la vi desde mi habitación. Toqué la puerta. Nadie respondía. Llamé una segunda. Nada tampoco. Y cuando estuve a punto de dar el tercero, apareció con una toalla que le cubría el cuerpo al completo. Su melena alborotada cayéndole por detrás en la espalda.

—Perdona, estaba en la ducha, por eso no he podido abrirte desde el primer momento. ¿Te puedo ayudar? —dijo un poco rara.

No sabía cómo hablarle. La manera en la que me clavaba sus ojos y en la que estos mismos me recorrían al completo, hacían que mi instinto perdiese el rumbo hacia una buena excusa que formular antes de que me cierre la puerta de un golpe por inútil.

—Creía que alguien había entrado a robaros o algo por el estilo —dije jugando con mis dedos.

—Yo creo que si un ladrón quisiera robarme, las luces sería lo último que tocaría para no levantar sospechas, ¿no crees, Tyler? —dijo cruzándose de brazos.

Aquello que dejamos a mediasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora