Capítulo 5

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Anaya Cooper:

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Anaya Cooper:

Me encantaría decir que me alegré mucho al ver a mi hermana, pero no, no estaba alegre de verla. Hacía muchos años que no estábamos la una frente a la otra, y yo estaba feliz con su ausencia, con su lejanía.

Si solo fuéramos hermanas, sería más tolerable, pero lo peor es que éramos gemelas.

Sí, mismo exterior, pero éramos distintas en el interior.

Ella era cruel por dentro, aunque por fuera parecía ser un amor de persona. Yo, sin embargo, era cruel por dentro y por fuera.

¿Qué? Es la verdad, no necesitaba decir que era buena, porque no pretendía serlo, pero yo nunca haría lo que ella me hizo.

Tenerla frente a mí era como tener un espejo donde su reflejo era la perfección, y el mío el deterioro. Su cuerpo estaba más nutrido que el mío y se notaba lo bien que dormía por las noches, como si su conciencia no la atormentara, como si nunca acabó con mis sonrisas, como si nunca se burló de mí.

Ella y mi madre acabaron con la pizca de felicidad que me quedaba. ¿Cómo puede ser bueno alguien tan dañado? ¿Cómo podía avanzar si mi propia madre me dio razones para retroceder? ¿Cómo ser buena si mi hermana gemela no ocultaba el odio que sentía por mí? ¿Cómo podía no querer ver a alguien llorar si las personas que debieron darme amor decidieron odiarme?

Lloré mucho y quería ver a alguien más llorar por mi causa. No me interesaba a quién fuera, solo sabía que mi yo destruida lo necesitaba. Anhelaba que alguien entendiera lo que era sufrir, lo que era ser abandonada, odiada, rechazada, traicionada, solo... solo quería que alguien sintiera lo que yo sentí. Y tal vez poder entender por qué seguían odiándome después de causarme daño una y otra vez.

Sí, por eso quería ser abogada. Quería especializarme en casos de divorcios para destruir familias porque la mía estaba destruida. Quería que alguien escuchara los llantos de su padre o de su madre, así como yo he tenido que escuchar los llantos de mi padre.

Supuse que mi padre lloraba por culpa de esa mujer que, supuestamente, era mi madre, pensé que lloraba porque no quería divorciarse de ella.

—Es un placer verte —me miró de arriba abajo con superioridad, y una sonrisa burlona se formó en sus labios—, Anaya.

Me sentía tan inferior, vulnerable... iba a llorar, el ardor en mis ojos me anunciaba la cercanía de mis lágrimas, pero levanté mi barbilla, recordando las veces que me prometí a mí misma ser fuerte, las veces que me miré en el espejo y me supliqué serlo, las veces que lloré en mi habitación y me rogué resistir...

—Lástima que no pueda decir lo mismo, Alissa —dije, cortante.

—Mamá estará triste al saber que sigues viva —miró mis manos que se habían convertido en puños y sonrió aún más—. Tengo una madre con la cual hablar —me guiñó el ojo y se giró hacia Trina—. Adiós, Trini. Gracias por invitarme.

Creo que te necesitoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora