«Hay sonrisas por las que vale la pena esforzarse y la tuya es una de ellas».
Sebastián se ha resignado a aceptar que nunca vivirá una historia de amor como la de los libros. Por esa razón, decide centrarse en escribir y leer las increíbles novelas...
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Mi padre murió en un accidente automovilístico cuando yo era muy pequeño.
Por lo poco que recuerdo, compartíamos la misma pasión por el cine y nos sacaba a mamá y a mí a cenar fuera todos los sábados. Según lo me ha contado, su comida favorita era el sushi y le gustaba muchísimo la música country. A mi hermana también le hubiera encantado conocerlo más, pues cuando él partió ella apenas tenía un año.
Dos años después de que falleciera, mi madre inició una nueva relación con un hombre cuyo aliento apestaba a alcohol. Aquel fue el responsable de los golpes que vinieron a continuación. Perdí la cuenta de las veces que la escuché suplicarle entre lágrimas que se detuviera y de la cantidad de moretones que cubrieron sus brazos. Mamá sentía miedo. Temía denunciarlo y que tomara represalias contra nosotros, por lo cual guardaba silencio, al igual que yo. Aun así, salí en su defensa en varias oportunidades, mas a mi padrastro le resultaba sumamente sencillo romperme una botella de cerveza en la cabeza y estampar mi rostro contra el suelo. Sin embargo, prefería llevarme yo la peor parte. Me bastaba con que no agrediera a mi hermana, con quien parecía poseer piedad.
No obstante, cuando un hematoma tiñó de colores verdosos su cuello, no pude permanecer callado por mayor tiempo y a mis ocho años se lo confesé todo a mis tíos. Ninguno se detuvo hasta que lo encerraron en prisión y no volvimos a saber nada de él. Mi tía hizo un buen trabajo como abogada, aunque el daño ya estaba hecho, el físico y el emocional.
Algo en mí se había quebrado, pues cuando cumplí trece, comencé a autolesionarme. No entendía qué me ocurría. Perdí el interés por las cosas que me gustaban y me salí del taller de teatro de mi escuela. Sentí que no valía la pena vivir, porque todos moriríamos alguna vez. Carecía de fuerzas para levantarme de la cama y, pese a que fingía una sonrisa, solo ansiaba llegar a casa para dormir y jamás despertar. Rápido me di cuenta de que algo no andaba bien. Ese no era yo. Me habían cambiado. Ese monstruo me había arrebatado los motivos para sonreír. Y presentía que no iba a devolvérmelos a menos que yo luchara por recuperarlos, pero no podía hacerlo solo de la noche a la mañana.
No quería vivir así. Por esa razón, le pedí a mi madre que me acompañara al psicólogo y, posteriormente, al psiquiatra, ya que necesitaba medicación. Las pastillas que me recetaron no debieron ayudar mucho, porque ese mismo año intenté quitarme la vida por primera vez, lo cual condujo a que me ingresaran en un hospital. Considero aquella la peor experiencia que tuve la desgracia de afrontar.
Obtuve el alta tres semanas más tarde y abandoné el psiquiátrico para continuar con mi tratamiento de forma externa. Fue en una de mis sesiones de terapia grupal donde conocí a Sebastián, mi mejor amigo. Mis relaciones de amistad solían durar muy poco, por lo que pensé que se alejaría de mí. Pero hoy poseo la certeza de que jamás sucederá. Él permaneció a mi lado cada que el suelo se abría bajo mis pies y se convirtió en una de las personas más importantes en mi vida. No se apartó ni siquiera cuando recaí y estuve a punto de renunciar a todo, dejándoles únicamente una carta de despedida. Suerte que mi madre me encontró antes de que saltara al vacío y consumara cualquier acto.