En el Principio...

28 5 15
                                    

Narra Akasha:

Sumeria (III Milenio a.C.)

Desde que nací, mi madre se había esforzado en enseñarme los secretos de la naturaleza, me mostró que hierbas podían curar y cuales podrían matar, se dio a la tarea de que yo aprendiera sobre cada una de las piedras, rocas y minerales existentes para que yo conociera cada una de sus propiedades y pudiera utilizarlas para beneficiar a quienes lo necesitaran.

Hombres y mujeres de las grandes ciudades venían a buscar a mi madre con la intención de sanar algún mal, confiaban en ella y en sus dones a pesar de que las brujas éramos estigmatizadas por todos aquellos que vivían dentro los altos muros. A pesar de que fueron ellos mismos los que nos desterraron a vivir en las orillas del rio, sin importar si pasábamos por tempestades.

Mis antepasados tuvieron que vivir apartados o escondiendo todo el poder que poseían por miedo a que esos humanos que gobernaban les hicieran daño. Mis antepasados tenían miedo de mostrarse y demostrar que eran mejor que todos esos que buscaban pisotearlos.

Pero yo no era como ellos...

―Akasha. ―dijo mi madre desde el angarib donde descansaba. ―Irás a la gran ciudad a llevar el amuleto de la sacerdotisa y volverás al instante. ―

―Si madre, me has repetido eso muchas veces. ―evité hacer algún gesto y cubrí mi cabello con la tela de satín roja. ―Volveré antes de que el sol baje. ―

―No hables con nadie. ―

― ¿Ni siquiera con los guardias de la entrada? Sera complicado pasar los muros sin emitir palabra. ―me burle.

―Sabes a lo que me refiero niña. ―

―Lo sé, madre. ―bese su frente y al tener contacto con su piel, una corriente eléctrica recorrió mi espalda. Mi madre me tomo del rostro y me miró fijamente. ― ¿Qué has visto? ―pregunte al reconocer el gesto que ponía al tener una visión del futuro.

―Es mejor que no vayas, le pediré a alguno de los campesinos que lleve el encargo al templo. ―soltó mi rostro y con dificultad se acercó a la entrada de nuestra choza.

―Debo llevar esto hoy, madre, la sacerdotisa lo necesita antes de su presentación con el rey Nabú y tú necesitas recostarte. ―me acerque a ella para llevarla de vuelta al reposo. ― ¿Qué fue lo que viste, madre? ―

―Un rio de sangre. ―dijo. ―No te pondré en riego. ―

― ¿Crees que no me puedo defender de sus espadas? ―sonreí. ―Es momento de dejar de vivir en las sombras. ―volví a besar su frente. ―Duerme, volveré antes de que te des cuenta. ―

Salí a toda prisa de nuestra tienda y solo escuché la débil voz de mi madre repetir mi nombre. Lo que sea que haya visto hizo que se preocupara, pero sus visiones no siempre eran certeras, uno era capaz de cambiar su futuro y en el mío no había ningún rio de sangre.

Camine por un largo rato hasta llegar a la entrada de la gran ciudad, busque entre mi túnica la tablilla que el Sumo Sacerdote me había dado como permiso para cruzar los muros y después de revisarla, los guardias me permitieron pasar.

Me aseguré de que mi rostro estuviera por completo cubierto para no llamar la atención y fui pasando entre la gente, evitando que me tocaran y evitando sus miradas. Llegué hasta la entrada del templo y apenas puse un pie en el primer escalón, una sensación extraña me invadió el cuerpo.

"Un rio de sangre." Las palabras de mi madre retumbaron en mi cabeza, pero eran patrañas, no había ríos dentro de la ciudad.

Las riquezas del templo eran aún mayores que todas aquellas que poseían los habitantes de la ciudad, no podía creer que existieran personas que le rindieran tributo a los dioses gastando su oro y sus joyas. Hasta para eso los humanos eran inútiles.

Por Siempre, AmorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora