| Introducción |

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| Introducción |


1994.

¿Hay algo mejor que el verano?

¿Qué es más bonito que una noche de verano bajo la luz de la luna?

En invierno soy un alma solitaria, pero en verano derrocho alegría por cada calle.

Me paso el año entero queriendo que llegue esta estación. La estación que me regala un recuerdo nuevo cada año, para ser recordado el verano que viene.

La pequeña brisa que corre por mis calles lo hace cargada de energía y sabiduría. Una sabiduría que habita en cada habitante que anda sobre mí. Refresca a nuestros jóvenes, al igual que ellos les hacen a nuestras calles.

Jóvenes cansados dispuestos a vivir un verano inolvidable, incitados para la llegada de sus amigos y ansiosos por el comienzo de sus fiestas.

Las calles se llenan de alegría y con ellas nuestros mayores salen a las puertas de sus casas con sus mejores sillas. Hablan sin parar durante horas a la fresca que ofrece mi brisa.

Son los primeros en enterarse de cada acontecimiento, juntos montan el mayor telediario. Las historias pasan de boca en boca, y en cada versión aún más morbosas.

¿Qué serían esas tardes para nuestros mayores sin los jóvenes?

¿Que sería un verano sin los amores de este? ¿Y sin los desamores?

Durante los tres meses enteros que duran las vacaciones de verano presenció historias inolvidables. Sufro los desamores en primera persona, pero antes de eso vivo el amor y la pasión como flores que florecen.

La brisa me susurra cada detalle, y yo la devuelvo con un impulso mayor para ejercer de algo refrescante. Sobre todo, para los jóvenes que me rodean.

El viento de las tardes silva y atraviesa los cuerpos cargando energías para esa noche llena de pipas y charlas profundas.

Esas noches en las que no hay fiesta ni en mí, ni en los pueblos de alrededor. La fiesta está en sus oídos, en sus palabras, en los planes que sueñan realizar.

Tengo muchos sitios bonitos, y otros muy importantes. Pero sin duda el más especial y pequeño, son mis bancos, algunos verdes y otros marrones.

Esos bancos plantados en las esquinas, o en los parques, están dispuestos a ejercer de zona psicológica para nuestros jóvenes.

Se han sentado tantas personas de diferentes edades, se han hablado de tantas cosas... que me gusta llamarle el banco de la sabiduría, aunque sean más de uno. Gran parte de la sabiduría que corre con la brisa se concentra en estos bancos. Todos hacen un trabajo conjunto.

Sentarse una noche en el; huele a noche inolvidable y mágica. Llena de conversaciones que te llenan la boca de sabías palabras. Palabras con razón y razonamiento. Alegría, pero cierta tristeza también.

Cada noche, es el sonido de la cáscara de las pipas abriéndose acompañadas de frases prometedoras.

Un corro de cáscaras que luego son recogidas, o no.

Disfruto de escuchar esas conversaciones donde planean planes a corto plazo, e incluso fantasean con planes para el verano siguiente.

Cada vez que se acerca el final, todos los que vienen de fuera dudan en si el año que viene volverán. Las caras tristes dibujan poemas tristes por mis calles. Poemas que refuerzan la amistad todo el año.

Despedidas amargas que agrietan parte de nuestros corazones, y el vacío de las calles cuando los coches marchan dejando rastro.

El verano es mágico, pero lo son más las noches de verano.

¿Sabéis ya quién soy?

Soy un pueblo pequeño de Extremadura.

¿Qué pasó en el verano de 1994?

¿Habrá amor? ¿Reencuentros?

¿Tristeza?

Para ello tendréis que estar dispuestos a entrar en la cabeza de Julia y Diego.

¿Estáis dispuestos?

Haremos ruido desde la lunaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora