17 | LA-MANTA

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17 | LA-MANTA


Julia

Subí el volumen de la radio, y agité mis hombros, en un intento de baile, hasta llegar al otro extremo y entrar en el baño.

En un intento de mover las caderas, vi que se me iba a hacer imposible pintarme la raya del ojo, así que opté por quedarme quieta antes de arruinar el toque final del maquillaje.

Tras dar el toque final, me quedé mirándome al espejo muy quieta. Y de un segundo para otro volví a menear el esqueleto como si mi baño fuera el mejor antro de bailes de toda Extremadura.

Me moví hasta la cocina con unos cuantos giros que me dejaron mareada, y me asuste al ver al gato en la ventana.

— Mierda, que susto me has dado — me lleve la mano al pecho.

Como si me hubiera entendido, y para disculparme ladeo la cabeza tras maullar.

A esas alturas del verano, el gato había adquirido una serie de confianzas, que ya se posaba hasta en mi ventana abierta casi todos los días. Por supuesto, empecé a anotar las latas de sardina en la lista de la compra.

Desde el primer día que llegué, de vez en cuando, lo veía asomarse por la puerta trasera. Pero eso no ocurría todos los días, hasta hace unas semanas que lo empezó a coger como costumbre. Y cada día su costumbre se volvía menos modelista.

Al principió, pensaba que cada día pasaba un gato diferente, hasta que me quede con su cara peluda y cada detalle.

— ¿Sabes? Creo que ya tengo suficiente confianza contigo como para llamarte por un nombre que no sea "gato" — le hable al gato.

Este se sentó, y volvió a ladear la cabeza.

El nombre ideal se iluminó en mi cabeza.

— Luna — dije en voz alta con entusiasmo.

Luna maulló.

— ¿Eso es que te gusta? Es un nombre unisex.

Volvió a maullar. Y saltó a la mesa de la cocina, se sentó y ladeo la cabeza mirándome fijamente.

— Ya. Eso es, que quieres que te dé de comer.

Volvió a maullar y yo lo fulmine con la mirada divertida.

Enseguida deje de hacerlo, en cuanto me di cuenta que estaba fulminando con la mirada a un gato.

Baile de nuevo por la cocina mientras le servía la dosis diaria de sardinas a Luna. Tenía la gran manía de ponerme una pinza en la nariz, y un guante en la mano derecha cada vez que abría esas asquerosas latas.

Aproveche para acariciar su pelaje gris mientras le ponía en plato de sardinas en el patio, era el único momento en el que no me farfullaba cuando intentaba tocarlo.

Seguí acariciándolo hasta que se le terminó el plato, y entonces farfulló.

— Que desgraciado eres, gato. Digo, Luna.

Salto de nuevo, hasta la ventana y volvió a maullar cuando me vio mirándolo fijamente.

— Tienes suerte de que estoy de buen humor — lo señale con el dedo índice.

Como respuesta, se tumbó sin quitarme la mirada de encima.

Me preparé algo para cenar rápido con la música de fondo.

Mientras comía el pan tumaca con jamón bailotee alrededor de la mesa de la cocina.

Estaba especialmente de buen humor ese día. Me desperté con un sol enorme en el centro de mi frente, alegrando mi mañana. El día había sido especialmente bonito junto a Bea, Sara y Marta.

Haremos ruido desde la lunaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora