33 | La ilegalidad llama a las puertas

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33 | La ilegalidad llama a las puertas


Julia

Una lágrima rodó por mi mejilla. Me la sequé con el antebrazo sin dejar que llegara hasta el borde de mi barbilla.

A veces me sentía sobrepasada por mi misma, creí a darme la lata yo misma; estar siempre dándole vueltas a lo mismo acababa creyéndome que era una pesada.

Todo el peso del colchón estaba sobre mi cuello, algo soportable. Con la mano de adentro hacía afuera barría todos los papelitos que fui acumulando bajo el colchón.

Si quería mejorar tenía que empezar por deshacerme de todos esos pensamientos, dudas y reflexiones que me invaden y me dejaban ausente varias horas al día.

Todos los eché dentro de la bolsa de basura, sin abrir ni releer por encima.

Todo, menos las cartas. Esas las volví a colocar bajo el colchón, me quedé con las dos últimas en la mano.

A menudo, en las noches en vela, volvía a releerlas y juntaba en paralelo mi experiencia reviviéndolas.

Sentía cosquillas en el estómago solo de acordarme de las sonrisas más reales junto con Diego.

— Mierda — sacudí la cabeza —. Estas idiota, Julia — murmuré.

No dejé a las lágrimas rodar hasta el final. Por algún motivo eso me hacía sentir algo más victoriosa. Lloraba, si, pero yo andaba más rápido.

— ¿Qué es eso?

— Beatriz — me asusté.

— Perdón, no quería asustarte. La puerta estaba abierta — señaló a sus espaldas.

Cierto, la había dejado abierta.

— No te preocupes — me terminé de secar las lágrimas.

— ¿Estás bien? — se acercó preocupada —. Mira, que pegó a...

— Estoy bien, estoy bien — repetí varias veces hasta que su expresión cambió.

Asintió, no muy convencida, pero las ganas de pegar se le fueron.

Bajó la mirada a las cartas, e inmediatamente las lancé a la mesa. Lo más lejos de la vista posible.

— ¿Qué son? — las señaló.

Respiré. Y me puse nerviosa por unos segundos.

¿Valía la pena inventar algo absurdo como excusa y quedar como el culo?

Ella era mi amiga.

— Son cartas de mi abuelo.

— ¿De tu abuelo? — pregunto incrédula.

Asentí. Y las volví a coger de la mesa.

— ¿Te acuerdas de los mapas que dibujaba para mí? ¿Y de las rutas?

— Como no acordarme de eso — sonrió al recordarlo —. Esos mapas estaban mejor señalados que los turísticos — se carcajeó.

Reaccione igual, solté unas carcajadas al aire. Tenía razón.

— Pues él... enterró una cápsula con ocho cartas y un mapa en cada una.

Parpadeo varias veces seguidas. Abrió la boca para decir algo, pero la cerró aún más confusa.

Por unos segundos la idea de contárselo me pareció inútil pero...

— ¡Joder! ¡Eso es increíble Julia!

Haremos ruido desde la lunaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora