11 | A tu vera

37 5 0
                                        


11 | A tu vera


Julia

— Creo que es aquí.

Asentí mirando por la ventanilla, incapaz de devolverle la cara.

Fingía que no me daba cuenta, pero Diego no paró de mirarme de reojo en todo el camino. Me hundí un poco en mi asiento y seguí mirando por la ventanilla.

Sentía un enorme malestar al estar pidiendo a Diego que ejerciera de taxista. No sabía muy bien en qué punto del limbo se encontraba nuestra relación de amistad. O por lo menos, si podíamos llegar a llamarla relación, incluso, amistad.

Mi comportamiento hacía él era rudo y borde, casi aposta. Pero él se mostraba dispuesto a cada ayuda que le pedía.

¿Me frustraba porque me ayudaba? Si.

"¿Por qué me lo ponía tan difícil?", esa pregunta me acompañó durante todo el trayecto.

Sentía que se colaba en mi vida una y otra vez sin parar, y era frustrante, porque a ese paso nunca iba a ganar la lucha de sacarlo a patadas.

Sabía que no merecía su ayuda, ni la compasión de los demás. Y sentía que me estaba aprovechando de su hospitalidad.

Me prometí a mi misma que esta sería la última vez. Estaba apunto de recuperar mi coche y no tendría que pedirle nada a Diego.

— ¿Quieres que me quede en el coche? — me preguntó tras aparcar.

— Como quieras — me encogí de hombros, en verdad, me daba igual.

— Es algo tuyo.

— El espacio no es mío — me volví hacia él con un semblante serio.

Su resoplido sonó por todo el coche tras el silenció que provocó mis últimas palabras.

A veces, llegaba a tener la sensación que cada vez que abría la boca servía para aburrir a alguien nuevo. Como si mis palabras empezaran a cansar a las personas.

— Me refiero a que esto es personal.

— Podemos compartir espacio, tranquilo. No me importa. — Aclaré.

Asintió, y bajamos del coche a la vez.

Enseguida me ví envuelta entre arbustos de color verde vivo y plantas haciendose de notar. Colores violetas y rosados, junto con algún toque de rojo.

Me acerqué a las piedras mojadas por la ría. El silencio me permitía escuchar el agua bajar y chocar contra las piedras.

El canto de los grillos se convirtió en uno de mis sonidos favoritos a partir de ese día. Permanecí varios minutos quieta en el mismo sitio escuchándolos cantar.

Sentí un choqué, la mezcla de dos sensaciones diferentes. Una, la que tenía ante mis ojos, y la otra, las ondas que atravesaban mi cuerpo desde atrás.

Cerré los ojos por puro instinto y esperé.

Volví a sentirlo, pero esta vez aún más cerca. Temblé por dentro, jamás había sentido tal choqué dentro de mi ser.

Dude por instantes, si lo que sentía era real, y no fruto de un personaje cuya novela incluía un momento parecido a este.

Mi boca parecía hartarse de haber comido agrio y dulce.

Las aguas de la ría eran tranquilas, mientras que a mis espaldas caía la tormenta. Gotas de lluvía con intensidad sobre el suelo, sobre mí, haciéndose de notar. Mi cabeza empezó a fusionar nuestras respiraciones; como cuando las aguas tranquilas se agitan por un fuerte viento.

Haremos ruido desde la lunaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora