14 | Rompecabezas
Diego
Se fue. No estaba. El aire estaba vacío.
Repleto de gente, pero vacío a la vez.
Me estaba familiarizando con ese sentimiento que me retorcía las entrañas. La noche anterior, empecé a exteriorizar creando pequeñas estrofas que quizá nunca llegarían a nada.
Se parecía al dolor de un corazón roto, pero sin estarlo. Más bien, un corazón ausente.
Quería tener esperanza. No tenía esperanza.
En cuanto la vi marchar rota de dolor, mi primer impulso fue ir tras ella, pero sabía que eso no era lo correcto. Y menos con Julia.
Era momento de que ella canalizara y gestionara su dolor. Yo no debía ir detrás.
Para empezar, si hubiera ido tras ella me hubiera llevado unas cuantas contestaciones afiladas como los cuchillos de mi abuela.
Estaba acostumbrada a tener su propio espacio solitario, y yo no era nadie para impedirlo. Por lo qué, me quedé aquí en el taburete fingiendo que no me importaba.
— ¿Cuándo se ha ido? — Pablo se acercó a mí con la mandíbula apretada.
Me encogí de hombros fingiendo que no sabía la hora exacta en la que ella salió por la puerta del bar.
— Joder — musito, entre triste y enfadado.
Lo entendía. Me sentía igual que él.
— No me he dado cuenta... si no... hubiera intentado retenerla — se rascó la nuca.
— Necesita su espacio — me limité a decir.
Asintió no muy convencido.
También lo entendía, yo tampoco lo estaba.
Pero me convencí siendo persuasivo conmigo mismo qué era lo mejor. Lo mejor, para que Julia no me odiara.
Si es que no lo hacía ya.
Le di el último trago a la cerveza.
Ya iba volado. Cerveza tras cerveza, el efecto era obvio. La lengua casi dormida, pegando trompicones al hablar.
Las palmas de las manos rojas y dormitadas, de tanto darle a la caja y palmas.
Tuve que tener cuidado al levantarme, pero para mi sorpresa apenas me balancee. Llevaba el puntillo, pero no estaba borracho.
Alguien me agarró el brazo y gire el cuello para mirar directamente la zona del agarre.
— ¿Ya te vas? — me preguntó Vera.
— Por supuesto.
— No. No te vayas todavía — insistió sin soltarme.
— Es tarde. Mi abuela me ha dejado la comida en el plato.
Me agarró aún más fuerte, casi clavándome las uñas.
— Vera...
— Has cantado muy bien — me sonrió.
— Gracias. Tu también.
Me libere con suavidad de su agarré y me puso un puchero que... no llegó a ningún lado.
Me despedí de los demás y me fui a mi casa a comerme las lentejas de mi abuela.
— ¡A las seis de la tarde! — dijo mi abuela mirando el reloj.
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Haremos ruido desde la luna
Romance"Fui a escribirte te quiero en la ventana" Julia, con el corazón agrietado, desapasionada hacía sus sueños de niña, con miles de preguntas bajo el colchón; encontró el último regalo de su abuelo. Diego, acompañado de su guitarra buscando su musa por...
