03 | Verla de nuevo

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03 | Verla de nuevo


Diego

Camine bajo el sol. Achinando los ojos. La claridad me molestaba, y más esos momentos. Deseaba entrar por la puerta de mi casa.

Me senté a comer a las cinco de la tarde; con el rostro inexpresivo y la mente el blanco.

Hasta que las mil y una sensaciones hicieron volar mi cuerpo. Boom. Todas. De una. Como si tuvieran ganas de entrar.

Eso me provocaba Julia. Parada. Y explosión. Nunca fallaba.

Aparté todas las libretas y la guitarra del medio de la cama; y me tiré de un suspiro, mirando al techo con la cabeza apoyada en los brazos volví a revivir ese momento.

Ese momento donde me quedé quieto como una piedra, sin saber cómo reaccionar. Una extraña alegría inundó mi pecho, pero navego tan a lo hondo que ahí se quedó.

Actué por puro instinto, con los dos besos de bienvenida, y volví a ver de cerca esas pestañas tan largas y gruesas que caracterizaban a Julia.

Busqué en mi interior una sola palabra que definiera ese encuentro, pero no encontré nada más que la palabra extraño.

Cuando agitaba su pelo cerca de mí todo se paralizaba. Boom. Sonaba tras la calma dentro de mi pecho.

Mi corazón latía con la agilidad de un gimnasta cuando estaba cerca de ella. Cuatro años. Sin verla. Sin oírla. Apenas sin saber nada de ella. Sin cruzar palabra.

Inexplicable. Nada. Las palabras que nos definían a los dos.

Una mujer admirable, desde pequeña. Independiente. Crítica. Directa. Y por supuesto, sensible. Una figura importante en este pueblo tan pequeño, al igual que su abuelo.

Inundaba las calles con su propio arte, al ritmo que ella elegía y decidía regalar. Siempre a su manera. Como un huracán.

Regalando su voz y sonrisa a través de esos labios carnosos. Con el alma entregada a cada momento haciendo volar su pelo rizado por los cuatro vientos, o más.

Un soplo para todos, a pesar de su mal humor. Era inexplicable. Un huracán al fin y al cabo.

¿Verla de nuevo? Paralizante.

¿Verla de nuevo? Conmovedor.

¿Verla de nuevo? Un dulce recuerdo.

Alargué mi brazo hasta la libreta negra, y cogí el boli que estaba bajo mi culo. Apunté eso último, esas últimas palabras que pasaron por mi mente.

Llevaba varios meses sin conseguir una nueva letra, era frustrante. Mis dedos conseguían desahogarse con la guitarra española, pero mi voz estaba atrapada. Al igual que las letras lo estaban en mi pecho.

Volví a pensar en esa mujer. Julia. En su figura, y su cintura marcada. En el pico de sus labios carnosos. En el arte de su último poro.

Me levanté y busqué bajo mi cama ese libro que tantas veces releí sin aburrirme, pero no lo encontré, creí dejarlo ahí hace unos años.

Pablo no se equivocó este mediodía, habíamos releído tantas veces esa obra de Shakespeare que nuestros ojos desgastaron las letras ya por instinto.

Solo que nosotros éramos todo lo contrario a los protagonistas. Ni enamorados. Ni familias enemigas. ¿Odio?

En fin, ni siquiera el amor iba con nosotros. O por lo menos eso nos hacía pensar nuestro propio instinto.

Quizá la palabra amistad era la que más nos había definido hasta ese momento.

Haremos ruido desde la lunaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora