01 | De vuelta al ojo de la luna
Julia
Estaba sintiendo una emoción totalmente contraría a la que debería de estar sintiendo. O quizás no.
Iba por una carretera con baches constantemente, o más bien, mi coche simulaba baches imaginarios. Crucé los dedos sobre el volante deseando con todas mis fuerzas que el huevo llegará hasta el pueblo.
El huevo era mi coche blanco, así lo llamaba desde el día en el que lo sacamos de esa chatarrería. Tenía forma de huevo y el nombre le iba como anillo al dedo. Tenía muchos años y el ruido que sacaba sonaba a constipado en toda regla.
Me guie sobre los carteles de la carretera y cada vez estaba más cerca de mi destino.
Tenía el corazón resguardado en mi puño, intentando darle calor. Con suaves caricias y susurros intentando tranquilizarlo, para que el bombeo de la sangre llevara un ritmo normal.
Tras dar un volantazo y girar a la izquierda entré en el último tramo de carretera antes de llegar.
Mi puño ya no acariciaba, apretaba y atosigaba mi corazón; por lo que este amenazaba con salirse con fuertes golpes.
Respiraba con fuerza. El aire dentro del coche era denso, estaba cargado. Abrí la ventanilla y un zumbido retorcido amenazo a mis oídos, por lo que abrí una segunda ventanilla para hacer balance con el aire.
Entonces, mi mirada se clavó en el último cartel antes de entrar. Me temblaban las piernas, por no nombrar cada parte del cuerpo y decidirme por una.
Empecé a bajar la última cuesta, que me deja directa en el pueblo, y note como mis ojos se inundaban de lágrimas. El pecho me subía y bajaba con rapidez, mientras cientos de recuerdos me azotaban en la cara.
Tenía recuerdos desde el primer tramo del pueblo. Todos esos recuerdos intentaron achucharme, quería aflojar su agarre pero hasta no llorar no lo iba a conseguir.
Aparqué frente a la puerta trasera de la casa en la que guardaba mil y una historias.
Apagué el motor y me quedé paralizada mirando al frente, concretamente a un contenedor. El contenedor en el que echábamos restos que sobraban en nuestra pequeña vida.
Siempre lo vi así. La basura fue creada para echar cosas que hacemos llamarlas basura, pero si lo pensamos con profundidad; eran restos que nos sobraban a nosotros en nuestra pequeña guarida.
¿Alguna vez has pensado antes de tirar algo si a otra persona le serviría?
Incluso los restos de comida tendrían algo más de utilidad. En el huerto por ejemplo. O para los animales callejeros.
Por mucho que lo pensara, era la primera que se deshacía de esos restos echándolos a los contenedores.
Con un pequeño golpe, apoyé mi cabeza en el cabecero del asiento, y resoplé con fuerza tras cerrar los ojos.
Abrí un ojo, y de reojo busqué mi pinza por el asiento de al lado. En cuanto la localice, abrí el otro también, y la cogí.
Cogí los pelos que me estorbaban en la cara y me los até con una pinza marrón vieja. Mis rizos estaban más vivos que nunca, todo lo contrario a mi estado anímico.
Ellos me daban la vivacidad que necesitaba en esos instantes, hacían que mi cara se viera algo más encendida.
Cogí mi bolso marrón ya cascarillado y salí del coche con un nudo en el estómago.
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Haremos ruido desde la luna
Romance"Fui a escribirte te quiero en la ventana" Julia, con el corazón agrietado, desapasionada hacía sus sueños de niña, con miles de preguntas bajo el colchón; encontró el último regalo de su abuelo. Diego, acompañado de su guitarra buscando su musa por...
