31 | Manual para escribir una canción sobre el amor
Julia
Algún día iba a morir.
Íbamos a morir todos.
¿Estaba viviendo la vida que merecía? ¿O al menos la que me gustaría?
La muerte andaba y cruzaba las calles cerca de nosotros. Aún me consideraba joven para saludarla de cerca, podía respirar sin ella.
Pero creo, que yo nunca supe hacerlo. De alguna forma, la muerte siempre estuvo presente en mi vida. Durante mi corta, y a la vez, larga vida, he tenido que vivir pérdidas familiares.
He vivido cada duelo, uno a uno, hasta solo quedar yo.
Julia. Con mis dos piernas, mi cabeza llena de mierdas y la cabezonería siempre por delante, para llevar la razón.
He vivido la muerte de mis familiares, todas de diferente forma. Y aunque me costará decirlo, dos no las sentí al momento. El dolor llegó tarde, pero arrasó con todo mi cuerpo.
Teniendo la muerte tan presente, a menudo pienso en ella. En cómo será, cuando, la hora, e incluso el lugar exacto. Sería en un día soleado o lluvioso, de extremo a extremo.
Cuando llegase ese momento, ¿sería justo y habría vivido una vida plena? o ¿seguiría sola y sin haber podido hacer nada en la vida?
¿De qué nos sirve vivir con miedo?
Era la primera persona en tener miedo. Intentaba conservarlo todo, pero acababa desapareciendo de mi vida.
Por eso, entraba yo solita en el debate de las flores. ¿Blancas? ¿Rosas? ¿O rojas?
¿Rosas? Aprecio y agradecimiento; ¿claveles? admiración; ¿o margaritas? pureza y lealtad.
El debate en mi cabeza era constante. ¿Habría flores a mi alrededor?
No me quedaba un solo familiar cercano para ahogar las lágrimas del pasado. Intenté seguir y ahogar esas lágrimas en botellas, al menos, me mantenían cerca de él. El era el último, y quien debería de haberse quedado en tierra para acallar mis sollozos.
Puede que fuera egoísta. Que solo mirara por mi misma, pero quería seguir siendo así.
¿Era egoísta por querer tener un hombro al que llorar? Si pudiera pedir y soñar por todo lo alto... ¿por qué no mi abuelo?
Mi corazón hecho añicos, voló con cada persona que subió al cielo, quedándose así con más pena que gloría dentro. Recordaba cada rostro con exactitud, pero eran recuerdos que abría muy de vez en cuando para no ahogarlos en miedo.
Miedo. Lagrimas. Miedo. Lagrimas.
Y la tristeza. La tristeza era inquilina allá a donde fuera. Lucía como una pared blanca y vacía sin nada que aportarme en la vida. Pero ahí estaba, dispuesta a quedarse y mostrarme su versión más vehemente.
Muchos de mi alrededor se encogían cuando les decía que pensaba en mi muerte muy a menudo. Nunca lo hice con intenciones de provocarla, simplemente imaginaba previamente el dolor que ningún familiar mío sufriría por mi.
El tiempo no es infinito. Todos tenemos la cuenta atrás marcada, para suerte de algunos más larga y sana, pero por mucho que a la gente le cueste decirlo, van a morirse.
Cuando reflexioné por última vez sobre ese día, al día siguiente cargué el coche y volví a donde fui feliz con mi familia.
Perdí la cuenta de las cosas que hice sin quererlo ni ser feliz. La de cosas que me restringí por duelos y pérdidas.
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Haremos ruido desde la luna
Romance"Fui a escribirte te quiero en la ventana" Julia, con el corazón agrietado, desapasionada hacía sus sueños de niña, con miles de preguntas bajo el colchón; encontró el último regalo de su abuelo. Diego, acompañado de su guitarra buscando su musa por...
