25 | A las doce
Julia
Las doce menos uno.
Suena el timbre, y mire el reloj.
— Siempre ha sido puntual.
Abrí la puerta y me eché a un lado, no muy cómoda, pero tampoco incómoda.
— Hola — murmuró, con una pequeña sonrisa.
— Pasa.
Pasó por mi lado rozándome con el hombro. Se sabía el camino al salón así que lo seguí yo a él. Dejó la guitarra y se sentó en el sofá.
— ¿Quieres algo para tomar? — carraspee.
Opté por ofrecerle algo, ya que no sabía qué decir.
— No, gracias.
Asentí, y me senté en el sofá sin mirarlo.
— Bueno, ¿por dónde quieres empezar? — me lanzó la pregunta con cuidado.
— Por donde tú quieras. No se muy bien si tienes algo, o... bueno empezamos de cero — me tembló un poco la voz.
No tenía muy claro por dónde tenía que empezar, por un momento largo pensé que se me había olvidado hacerlo.
— Podemos empezar por donde te sientas más cómoda — comentó antes de sacar la guitarra de la funda —. Tengo algunas frases que podemos mirar.
— ¿Melodía? — forcé la voz.
Negó con la cabeza, y bajó la mirada a la guitarra para afinarla bien.
— Podemos probar acordes — sugerí.
Mi mirada no podía estar fija en ningún punto, pasaba de un lado a otro, siempre para evitar los ángulos por los que podía mirar a Diego.
Me toqué el pelo, y no me bastó. Me lo volví a colocar tras la oreja y tampoco. Me rasque la nuca, pero seguía sin saber donde mantener las manos.
— Traeré dos vasos de agua... — tragué saliva.
— Vale... — Diego levantó la cabeza con el ceño fruncido.
Camine hasta la cocina mientras mantenía los ojos cerrados con fuerza.
"Tonta, tonta y tonta"", pensé.
Busqué mi pinza y me recogí el pelo, para dejar de tocarlo de diez formas diferentes a cada minuto.
Estar a solas con él, en la misma habitación con una guitarra de por medio, me hacía saltar a lo que creí dejar atrás.
Tras saber que él no recordaba lo mismo que yo de ese último encuentro entre los dos me confundía por completo.
"¿La situación sería diferente si lo recordara?"
Sacudí la cabeza mientras sacaba los vasos del armario.
Había detalles que se me escapaban de la mano, y por esa razón y otras que desconocía no sabía cómo comportarme con él.
La Julia que dormía dentro, despertó, y volvió a mirarlo con los mismos ojos tiernos. Pero la Julia que la durmió y sufrió, la intentó empujar para adentro.
Entonces fui consciente de algo que siempre me decía mi abuelo; que las heridas que no se cierran bien, con el tiempo vuelven a abrirse.
Y está claro que la mía se volvió a abrir, y dolía más que la primera vez.
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Haremos ruido desde la luna
Romansa"Fui a escribirte te quiero en la ventana" Julia, con el corazón agrietado, desapasionada hacía sus sueños de niña, con miles de preguntas bajo el colchón; encontró el último regalo de su abuelo. Diego, acompañado de su guitarra buscando su musa por...
