28 | Corazones descompuestos

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 28 | Corazones descompuestos


Diego

Lo sabía. Yo sabía que no íbamos a pasar. Que todo eso no iba a servir para nada.

Todo era en balde.

La cruz ya estaba sobre nosotros antes de pisar el escenario.

Y cuando Vera lo pisó, la cruz llegó con peso doble.

Eran casi las tres de la madrugada cuando cogí el coche. Y tome la mejor decisión (o no), conducir sin rumbo con las ventanillas bajadas.

Necesitaba con urgencia que el aire golpeara mi cara, y esa noche más que nunca deseé el descapotable.

Por un momento me arrepentí de haberme marchado sin decir nada, pero se me pasó.

Quería hacerlo sin decirle a nadie a dónde quería ir.

La cara de derrota de mis amigos la llevaba clavada en mi mente. Como una imagen en vivo que se reproducía de una manera intrusa en mi cabeza.

El móvil no paraba de sonar, así que subí el volumen de la radio más para no escucharlo.

Estaba dando la nota por la carretera. Pero la estaba dando a gusto.

Todo el pueblo se había quedado sin dinero por mi culpa. No tendría que haberme subido a ese escenario.

Yo no era el indicado para ello.

Cuando empecé a tocar algo cayó sobre mi. Un peso muy grande.

No me salía la letra y perdí la noción del tiempo en el escenario.

Paré de tocar por instinto, decidido a rendirme y bajar con la cabeza gacha. Que Vera subiera no me pareció la mejor idea, pero si no llega a subir me hubiera bajado yo.

Que ella subiera significaba estar obligado a cantarla si o si.

Conduje. Y conduje.

Hasta acabar en uno de mis sitios preferidos para contemplar la noche y el día. Pensar y respirar.

Las estrellas parpadeaban. Parecía que me guiñaban a mi, haciéndome saber que todo estaba bien.

El bloqueo me venía de la impotencia. Y a saber de dónde coño me venía la impotencia.

Solo me apetecía un balde de agua helada para congelar a todo intruso que se metía en mi cabeza.

— Joder — rechiné entre dientes.

Las luces de un coche cada vez estaban más cerca de mi. Alguien se acercaba en esta dirección.

Estuve a punto de levantar mi culo y salir a toda velocidad de ahí.

Hasta que reconocí el coche blanco.

— ¿Qué quieres? — dije, en cuanto bajó del coche.

No bajó muy preocupada. Solo, con un aire normal. Como si fuera algo del día a día, o estuviera planeado.

— Quiero lo que toda persona quiere a estas horas de la madrugada.

Entrecerré los ojos, confuso. Apreté la mandíbula. Y no dije nada.

— Comer churros — dijo como si fuera lo más normal.

Sacó una bolsa por la ventanilla de su coche, que resultaron ser churros.

— ¿Has ido a comprar churros a las cuatro de la madrugada?

— Me lo dices como si fuera algo extraño... — bufó.

Haremos ruido desde la lunaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora