32 | El dulce verano

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32 | El dulce verano


Diego

— Sigo sin entenderlo muy bien — añadió con la boca llena de cacahuetes.

— No hay nada que entender.

Rodrigo me miró mientras se limpiaba la sal que tenía por toda la cara.

— Estabas a punto de perder la razón, no me jodas. Mirabas a cada minuto el teléfono — bufó, mientras llenaba el puño nuevamente de cacahuetes.

— No era a cada minuto — añadí, gruñendo.

El se río por lo bajito, metiéndose otro puñado de cacahuetes a la boca.

— Has esperado esa llamada durante cuatro años, Diego — habló masticando.

— Joder, mastica y traga.

Abrió la boca enseñándome todo el interior y puso los ojos en blanco. Le puse mala cara y negué con la cabeza con desesperación.

— Solo que la llamada nunca llegó.

Al menos esa vez tuvo la descendencia de hablar tras tragar.

— No me extraña — murmuré de mala gana.

— ¿Qué no te llamará? ¡Qué poca fe en ti mismo amigo mío! — se río —, aunque lo cierto es que no te llamó, así que estabas en todo tu acierto — se frotó la barbilla divertido.

— Fui un gilipollas.

— En cuanto te liaste con Vera, si — afirmó, graciosillo.

Fruncí los labios y apreté los puños. La conversación estaba tardando en salir a la luz. Así que la forcé:

— No fue exactamente así.

Parpadeo confundido.

— No fue con Vera con la que me lie aquella noche.

— Seguro que tienes lagunas Diego, ¿o es que no te acuerdas de cómo íbamos? — negó con la cabeza —. Mejor dejemos el tema de esa noche, se me hierve la sangre cada vez que pienso en ella y en los posibles cabronazos.

En estos cuatro años, Rodrigo siempre se ha mostrado reacio a hablar sobre este tema. Nunca le dimos cancha a más de tres frases.

— Claro que sí me acuerdo — chisté de mala gana, y volví a lo mismo —, o en cierto modo, no. Pero eso no importa ahora — le reste importancia —, no era Vera la chica del coche, era Julia.

Nunca había visto esa cara de incredulidad de Rodrigo, se quedó de piedra.

— Me estás tomando el pelo — bufó —, Vera admitió haber estado contigo esa noche, ya sabes... como tu yo no nos acordamos de nada...

— Eso es lo que no me cierra aún. ¿Por qué Vera diría algo así?

— ¿Quizá por que si que era Vera? A la mañana siguiente también te besó ¿no es así?

— Julia lo admitió — resoplé.

Dejó de insistir.

— ¿Has hablado de eso con Julia?

— Si — asentí a la vez.

— Diego, ¿me consideras tu amigo? — me pregunto con la mano en el pecho.

— ¿A qué viene esa estupidez como pregunta ahora? — me quejé.

— ¡¿Cuánto me he perdido?! ¡¿Cómo no me lo has contado antes?!

Haremos ruido desde la lunaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora