06 | Digna de noches de verano

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06 | Digna de noches de verano


Julia

¿Por qué nunca nos hablan de la soledad?

Levanté el colchón y metí el papel junto con los demás.

La primera semana en el pueblo pasó en un simple pestañeo. Salí cada día a todas horas, tanto sola como acompañada.

Ese primer contacto con todo lo que una vez había sido mi vida no fue tan cuesta arriba como yo me lo llegué a imaginar en mi cabeza.

Me daba miedo volver y no ser aceptada. Me daba miedo volver y no ser capaz de integrarme.

Había llegado a interiorizar tanto la soledad que a veces no era capaz de soltarla.

Me había llegado a sentir sola en el mundo. Una pequeña hormiga más en él, sin ningún tipo de importancia ni nada que aportar. No tenía a nadie a quien impresionar.

Dejé a todos atrás tras haber perdido a un pilar fundamental. Me sentí vacía. Me sentí como un agujero negro. Sin fondo, ni laterales.

La rutina era quien me manejaba, no era capaz de llevarla.

Me acomode tanto a ser llevada, que cuando conocí a personas increíbles en clases de dibujo ya no me apetecía ni hablar ni salir.

Empezó a darme pánico. No quería que me invitaran a nada para no tener que pasar el mal rato de decirles que no.

Quería estar sola, no quería verme obligada a mantener una conversación con buena cara.

Rechazo tras rechazo.

Hasta que me di cuenta de que era a mi misma a quien me tenía que impresionar.

Un suave ruido en la ventana hizo que me sobresaltara, como si fuera un golpe, pero cuando levanté la cabeza no había nada; supuse que había sido algún gato.

Abracé el libro que tenía en mis manos y lo pegué en mi pecho. Llevo toda la semana proyectando la misma imagen en mi cabeza. Diego.

Sigo visualizando su dedo deslizando por encima de mis dibujos. Sus palabras interesadas y las mías tan ácidas.

Abrí el libro y no lo cerré hasta después de hora y medía. Me quedé más de lo necesario mirando la foto que utilizaba de marca páginas.

Era una foto de mi abuelo en color sepia. ¿Raro? Puede.

Me encantaba tenerlo ahí como filosofía. Me entusiasmaba sacarle un doble sentido a todo. Darle más importancia de la que tenía.

Y para mi la foto de mi abuelo como marcapáginas era todo un mundo. Me chiflaba darle el poder de parar mi lectura. De estancarla y sostener las páginas por mi.

Él me abrió el mundo a la lectura, él me dejaba y regalaba cada libro. Por ello y por razones obvias, era un honor darle el poder a esa foto de pararla, de ayudarme a reflexionar sobre lo que había leído e interiorizarlo como un nuevo aprendizaje.

El a mi edad también se pasaba las horas entre párrafos, y me enseñó el sentimiento que le producía hacerlo. Así que, yo también comencé a sentirlo.

La lectura me llegó a afectar en un punto débil de mi vida, más bien de mi misma. En la personalidad.

Llegué a estar tan perdida y sola; que mi personalidad variaba según las protagonistas de mis lecturas del momento.

Adaptaba cada manía y estilo de ellas. No me conocía a mi misma, así que opté por algo que sí conocía.

Estaba en un punto muy bajo y débil. Llegué a hablar e incluso a pensar como ellas.

Haremos ruido desde la lunaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora