La clase se levantó desesperadamente al llegar al final de la intensa clase de la señora Puig.
«A quien se le haya ocurrido poner como última clase filosofía política, es para compararlo con una tortura de guerra», pensé.
Elena, Jordi y yo cruzamos el campus mientras me interrogaban muy interesadamente sobre mi noche con Álvaro. Algunas de las respuestas las contestaba, la mayoría las prefería obviar.
—¿A todo esto, el trabajo de políticas públicas lo hacemos juntos? —dijo Jordi de manera imprevista.
—¡Joder el puto trabajo! —lamentó Elena.
—Yo para empezar no tengo ni idea de qué política pública analizar —respondí.
—Yo quería hacerlo sobre la zona de bajas emisiones —dijo Elena, convencida de que ese tema podría ayudarle a sacar un diez.
—¿Pero de dónde sacarás información? —le pregunté.
—Google y ChatGPT —dijo ella autoconvenciéndose—. Si no, secuestro a Ada Colau y que me lo cuente como a los niños de parvulario.
La verdad es que me había olvidado por completo del trabajo de fin de trimestre que esperaba recibir la profesora de políticas públicas para el siguiente jueves. Pero como hago en todos mis éxitos pasados, no se duerme la noche antes y que la suerte me dé esperanzas para llegar vivo al verano.
Tras cruzar el umbral de la puerta principal, frente a las escaleras, me esperaba el rostro de satisfacción de un chico que vestía tejanos, camiseta gris oscura y aguantaba un segundo casco apoyado en la parte trasera del asiento.
—Henry, si no lo vas a usar, véndemelo en Wallapop —dijo sin ataduras Elena—. Menudo trozo de pan tenemos ahí en frente.
—Elena, tía, vas tan mojada que han anunciado que el Ebro este año se desborda —dijo Jordi.
Nos echamos a reír. Me despedí de ellos mientras se dirigían a la boca de la parada de metro de Palau Reial. Al acercarme a Álvaro, él me tendió un fuerte abrazo, estuve tentado a besarle, pero preferí no cargarme ese momento.
—¿No te apetece ir a un lugar más cercano para comer? —le dije.
—No, ya he reservado. Ponte el casco y móntate, que empieza nuestra aventura.
___________
Pasamos contorneando una carretera de costa, el salitre del mar inundaba mis fosas nasales. Pegado a su cuerpo, me sentía extrañamente seguro, aunque algún susto me llevé, como cuando aceleró de golpe en aquel semáforo de Sarriá en donde nos metimos en la ronda de Dalt.
Me sentí flotando en una nube en el momento en el que pude percibir su aroma, noté cada uno de los abdominales en los que se encontraban mis manos entrelazadas. Me iba contando cosas, pero entre el viento, el tráfico y mi cabeza nublada por esa vertiginosa aventura, no le presté atención.
Álvaro detuvo la moto en el paseo marítimo. La suave brisa y esa temperatura ideal no recordaba que estábamos en el mes de marzo.
«¿Será que la primavera se ha adelantado cuando Álvaro llegó a cruzarse en mi vida?».
Nos introdujimos en una calle cercana, me invitó a pasar a un restaurante pequeño y oscuro, de esos de toda la vida, regentado por una señora de avanzada edad. Al vernos entrar en una minúscula puerta acristalada y de bordes de manera, rápidamente se nos acercó para coger las chaquetas que traíamos y las puso en un perchero que tenía detrás.
—Señor Méndez, le agradecemos su visita en el Mistral. Síganme, si son ustedes tan amables —dijo la señora.
De camino a la mesa, me fijé los cientos de cuadros colgados en las paredes de madera de pino oscura. Imágenes de gente famosa que habían acabado en ese curioso lugar. Políticos, jugadores del Barcelona, escritores, cantantes, cabaretistas... todos ellos ceñidamente etiquetados a boli con unos sencillos adhesivos en cada uno de los marcos.
Nos acabó sentando en un salón apartado, anexo al gran salón, era bastante más pequeño, más íntimo, y el ventanal de cristal dejaba ver el apacible oleaje de esa tarde en Sant Pol de Mar.
—¿Qué van a querer tomar? —decía mientras nos entregaba un par de cartas forradas por una tapa de piel marrón oscura.
—Tráeme una botella de agua natural, por favor —respondió Álvaro a la vez que me miraba fijamente con esos ojos verdes oscuros.
—¿Y usted, señor? —me dijo la anciana.
—Tomaré lo mismo que él —dije señalando a mi acompañante con la palma de la mano.
La anciana se retiró, dejándonos solos en la mesa más privada de todo el restaurante.
—Gracias por traerme, parece que te conocen aquí, ¿vienes mucho? —le pregunté.
—Venía mucho con mi familia, pero con el paso de los años, he seguido viniendo solo. Ana, la maître, es la dueña del local y no sé qué tiene, que me provoca una sensación de empatía que la siento como mi abuela —me dijo.
—¿Tienes relación con tus padres?
—Mi madre y mi hermano murieron en el parto. En realidad, íbamos a ser mellizos, pero nunca salieron de la sala de operaciones. Mi padre se vio forzado a cuidarme con una larga sombra de tristeza. La amaba, ¿sabes? —Sentí una sombra oscurecer su mirada, pero de repente, cambió de energía y mostraba una sonrisa muy forzada—. Pero estoy bien. Con el paso del tiempo y su trabajo, a mi padre solo lo tengo que aguantar un mes y medio, cuando pasa por Barcelona por trabajo. Decidimos que era lo mejor para los dos, no nos aguantábamos.
—Joder, Álvaro —le dije inconscientemente—. ¿Cómo lo llevas?
—Como dice la gente, no te queda otra que adaptarte.
Entró en ese momento una camarera nueva que no habíamos visto antes, nos sirvió el agua y desapareció tras el comedor.
Decidimos optar por una selección de tapas en vez del menú del día. Álvaro me sugirió probar todo porque en ese lugar se comía realmente bien y así fue. Los mejillones al vapor eran brutales, la camarera no paró de recordarnos que habían sido recogidos esa misma madrugada por los pescadores de la zona. Aún tenían el sabor de la sal.
Seguidamente llegaron las croquetas de la casa de rabo de toro, esqueixada, pimientos al horno con carne picada, ¿y qué sería una comida sin pa amb tomaquet?
Cuando aún no había terminado de comer lo poco que me quedaba de la ensalada de bacalao del plato, la conversación había derivado en la vez que Elena se había liado con una pareja por separado. Ambos se enteraron en el carnaval del año pasado de los cuernos que llevaban.
Sentí la fuerte mano de Álvaro sobre mi rodilla.
—Me gusta verte disfrutar de este sitio, para mí es muy especial. Y también siento que vas a ser especial para mí.
Mi corazón bailaba a un ritmo frenético, vi sus labios acercarse a los míos a cámara lenta. Cerré los ojos, mientras sentía el perfecto y suave tacto de su piel en la mía, nuestras lenguas pronto se unirían en una perfecta sincronización.
Sentí cómo se abrían todos los poros de mi piel, mi corazón descansaba y mi cabeza se apagaba. Él invadía todas mis reflexiones. Sus manos cálidas se deslizaron sobre mi espalda, me acerqué más a él, sentía el latido de su corazón en mi pecho y su respiración se entrecortaba en la superficie de mis mejillas.
«Esta historia es demasiado perfecta para que me esté ocurriendo a mí», me dije.
Sentí palpitar mi pene bajo el mantel blanco. Álvaro paró de besarme, se apartó un milímetro para abrir los ojos y verme de cerca, hice lo mismo, sonreímos, y acto seguido fue en busca de mi labio inferior, el cual fue mordido por esa perfecta dentadura perlada. Emití un leve gemido de queja, a la vez que agarré con fuerza sus enormes y duros pectorales.
«Te quiero dentro, joder, fóllame encima de la mesa si hace falta, cabrón», pensé.
En un movimiento fugaz, recuperamos la compostura cuando escuchamos entrar a la camarera nuevamente con un trozo de pastel Red Velvet que dejó, junto con dos tenedores enanos, delante de nosotros.
Me reí cuando me fijé lo arrugada que le había dejado la camiseta. Nos reímos como dos niños a los que mamá les había no les había aún pillado copiando las respuestas del cuaderno de verano.
«¿Quién eres, Álvaro Méndez?».
ESTÁS LEYENDO
Dime algo para quedarme
RomanceEnric, un joven con una vida tranquila y predecible, nunca imaginó que un encuentro casual con Álvaro cambiaría su mundo para siempre. Desde el primer momento, el magnetismo de Álvaro despierta en Enric sentimientos y deseos que jamás había experime...
