Regresar de las vacaciones siempre es un bajón tremendo, y más aún, cuando lo haces después de haberlo pasado genial con tus amigos y tu novio. Dentro del coche, Álvaro no deja de sonreír mientras fijaba su mirada en la carretera, yo a su lado, de copiloto, le daba instrucciones para llegar a Barcelona. Y si no fuese por dos cruces de carreteras mal hechas, hubiéramos llegado una hora y media antes.
Dejamos a Jordi en Entença, de ahí fuimos a mi casa en una modesta calle de Les Corts. Al entrar al piso, me encontré a mi madre y a Arlet tomando café en la mesa del comedor. Ambas me saludaron efusivamente y con una batería de preguntas listas para disparar. Al parecer Elena se lo había contado a su madre y esta, que también es amiga de la mía, conocía al por menor de mi relación recién estrenada con Álvaro.
Después de dejar mi mochila tirada en el suelo de la habitación y regresar al comedor, me senté con ellas para contarles que Álvaro había aparecido en mi vida, que era muy detallista y me cuidaba.
Mi madre y Arlet se mostraron muy contentas e ilusionadas. Sandra comenzó a organizar en su cabeza una cena para conocerlo, a lo que Arlet la siguió proponiendo platos que se le daban bien hacer para impresionar al nuevo novio de su hijo y hermano.
Me sentía muy entusiasmado de poder presentarles a Álvaro y que pudiera conocer a las dos mujeres más importantes de mi vida.
—¿Álvaro tiene alguna alergia alimentaria? —me preguntó mamá.
—No que yo sepa —respondí—, pero no le gusta la col. Aparte de eso, supongo que algo normal lo disfrutará.
Pasamos una hora y media organizando el menú, mientras aprovechaban para hacerme cantar todos los detalles de nuestras citas, historia familiar y antecedentes penales de mi chico. A veces tenía la certeza de que eso era un verdadero interrogatorio policial.
Mientras íbamos acordando menús, lista de la compra para la siguiente semana y cuadrar agendas, hablaba con Álvaro por WhatsApp, quien se estaba muriendo de vergüenza al otro lado, de ser el protagonista de mi conversación familiar.
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Seguro que tu familia es muy simpática. Por lo que me has contado, tengo ganas de conocerla.
Lo es, tengo ganas de que las conozcas. Pero sabiendo cómo son mi madre y mi hermana, ven cargado de paciencia, se ponen histéricas si ven a un hombre desfilar delante de ellas.
Hahaha, seguro que no es para tanto.
El cartero tiene una orden de alejamiento a mi madre de ciento cincuenta metros, solo aviso.
Me pondré entonces una armadura medieval que me proteja, hahaha.
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Llegó la noche del jueves, Álvaro estaba al caer, en nuestro piso se había formado una grotesca situación que me parecía completamente irreal. Mi madre se había vestido para los Óscar (puede que exagere) pero solo la he visto pintada de chapa y pintura cuando fue a firmar los papeles del divorcio con mi padre. Arlet estaba muy impaciente, como una niña pequeña esperando a los tres Reyes Magos.
—¿Henry, Álvaro es puntual? —me preguntó Arlet—, porque tengo que peinarme aún y ya sabes que tardaré hasta media hora para quitarme estos rizos.
Se encerró en el baño. Mientras, mi madre y yo seguíamos realizando preparativos en la cocina. Me dediqué a hacer los entrantes, mientras mamá estaba haciendo su solomillo en hojaldre. Quería impresionar y se tiró al vacío con una receta que jamás había hecho y se notaba. Bonito no había quedado. Si vieras la foto de la web en que tenía abierta en el iPad, y lo comparabas con lo que estaba haciendo, parecían cosas completamente diferentes. Vamos, como el meme de lo que pides y lo que te llega de la venta online en el mercado asiático.
Hora y media más tarde estábamos los tres en el comedor, ellas sentadas en el sofá, yo en una silla, frente a la comida y la vajilla buena, la que sacábamos solo en Navidad. Álvaro llegaba tarde, muy tarde. Arlet empezaba a fruncir el ceño, mi madre intentaba esconder el disgusto para que no me sintiera ridículo. Me sentía fatal frente a ellas.
—¿Dónde está Álvaro? —preguntó por duodécima vez Arlet.
—No lo sé, hace media hora que debería haber llegado —le respondí nervioso—. Hace una hora que no se conecta, que sería cuando salía de La Pau de trabajar. Debería haber llegado si ha cogido la moto y ha cruzado la ciudad por la ronda litoral.
—¿No puedes llamarlo? —dijo mi madre en un intento desesperado para no perder los papeles.
—Voy a intentarlo.
No lo cogía, saltaba su voz en la grabación del contestador: «Hola, soy Álvaro, ahora no puedo cogerte la llamada, por favor, deja un mensaje cuando suene la señal, piiii». Media hora más tarde, mi madre se levantó del sofá, se sentó a la mesa y con la cara cruzada, empezó a comer la comida fría que había estado esperando todo ese tiempo. En mi interior no había respuesta que se me ocurriera para entender que Álvaro hubiera desaparecido. Por un lado, estaba realmente preocupado por si estaba bien, sentía miedo por si me había hecho el feo de no aparecer por casa y por el otro, soportar las caras largas de Arlet y de mi madre, las cuales se habían pasado gran parte del jueves cocinando semejante manjar.
Mientras cenábamos, sonó mi móvil, su rostro brillaba en mi pantalla, era Álvaro. Lo cogí de inmediato, me seguía las miradas de mis familiares que analizaban la situación.
—¿Enric? —dijo la voz de una mujer que no reconocía—. ¿Es usted Enric?
—Sí, soy yo, ¿quién es usted? —le pregunté de forma automática, por dentro estaba en blanco. ¿Quién era ella y por qué me llamaba desde el teléfono de Álvaro?
—Mire, soy la enfermera de urgencias del Clínic, el señor Méndez se encuentra en reanimación en este momento y aparecías como contacto de urgencia en su iPhone. Ha tenido un accidente en la ronda litoral con un turismo —explicaba de forma calmada la enfermera al otro lado de la línea—. ¿Podría usted acercase al centro médico por favor?
Mi mundo se paró por un segundo, no soy capaz de recordar si mi corazón seguía latiendo, lo único que sé es que sentí una dolorosa punzada en él que lo atravesaba.
Dejé de escuchar, de sentir mi entorno. Las lágrimas salieron disparadas y fluyendo por mi cara sin cesar. En una secuencia en cámara lenta, escuché las sillas impulsadas de mi madre y mi hermana para levantarse mientras yo caía al suelo. No tenía energías para mantenerme de pie. Escuché el grito de rabia que sentía en el justo instante que mi mundo se derrumbaba como un castillo de naipes. Álvaro estaba luchando por su vida en el hospital y mi cuerpo había dejado de responder.
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Dime algo para quedarme
RomansaEnric, un joven con una vida tranquila y predecible, nunca imaginó que un encuentro casual con Álvaro cambiaría su mundo para siempre. Desde el primer momento, el magnetismo de Álvaro despierta en Enric sentimientos y deseos que jamás había experime...
