Siete desconocidos, siete almas que comparten un mismo destino. Siete historias unidas por un bien mayor.
¿Sabrán distinguir el bien del mal? ¿Podrán descifrar quién es el verdadero enemigo?
Esta es la historia de los hijos del pecado, siete jóvenes...
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Envidia
Nyx.
La luz del sol se coló por la pequeña ventana de mi habitación y me dio de lleno en la cara, provocando que frunciera ligeramente mi ceño y terminara de despertarme. Suspiré, restregando mis ojos con el dorso de mi mano y aparté las mantas que me cubrían para incorporarme en el incómodo colchón que ocupaba en el suelo.
Me dirigí hacia el baño que compartía con mi hermana, quien parecía haber abandonado su cama temprano esta vez. Me aseé, atendí mis necesidades y comencé a cepillar las rebeldes ondas de mi cabello azabache.
Mi reflejo me devolvió la mirada cuando posé mis ojos de un azul cristalino en el espejo, comenzando con mi usual ritual de autodesprecio. Siempre había odiado la forma redonda de mi rostro y mi pequeña nariz de botón.
Mis labios nunca habían sido carnosos como hubiera deseado, y mi sonrisa quedaba arruinada por el hueco que separaba mis incisivos. Mi piel era demasiado pálida, exceptuando por el perpetuo sonrojo que teñía mis mejillas.
No era un secreto que no me gustaba lo que veía en el espejo cada día, pero nadie podía culparme de ese odio hacia mí misma, pues este provenía de las propias palabras que escuchaba día a día de boca de mis padres. Siempre habían tenido la costumbre de compararme con mi hermana y, aunque eso podría haberme llevado a odiarla, lo cierto es que solo había servido para que yo misma me despreciara.
Suspiré, apartándome del espejo y salí de la sala de baño para bajar las escaleras hacia la cocina. Como de costumbre, mis padres y mi hermana se habían marchado sin mí. Un nudo se instaló en mi garganta, pero lo ignoré y tomé una manzana del frutero, dándole una mordida mientras tomaba mi cesta para salir hacia el mercado como cada mañana.
Abandoné la calidez de la cabaña para adentrarme en la fría brisa matinal, crucé el puente de madera que conectaba con el siguiente árbol y bajé la escalera de cuerda, cuidando de no dejar caer la cesta. El vestido blanco ondeó con el aire y temí que pudiera quedar expuesta, pero por suerte no había nadie debajo de mí.
Valmeadows era un lugar vibrante, lleno de risas y conversaciones animadas. Mientras caminaba por los senderos que serpenteaban entre los árboles, noté la calidez y el sentido de comunidad que caracterizaban mi hogar. Pero en lugar de consuelo, todo esto me causaba una extraña sensación de vacío.
El mercado estaba en pleno apogeo cuando llegué. Los puestos de madera estaban llenos de frutas frescas, hierbas aromáticas y artesanías hechas a mano. La gente iba y venía, negociando, riendo y compartiendo historias. En el centro de todo, como un faro de alegría y luz, estaba Anielka.
Estaba ayudando a sus padres en el mercado, su cabello claro brillaba bajo la luz del sol, y su risa melodiosa resonaba en el aire. Sentí una punzada familiar en el pecho, una mezcla de admiración y resentimiento que me confundía.
Me acerqué al mercado, observándola desde la distancia, intentando comprender por qué esa chica me hacía sentir tan pequeña.
—Nyx, buenos días —saludó con una sonrisa cuando me vio acercarme—. ¿Cómo estás hoy?
—Buenos días, Anielka —respondí, forzando una sonrisa—. Estoy bien, gracias.
Mis palabras eran educadas, pero mi mente estaba llena de pensamientos oscuros. ¿Por qué Anielka siempre parecía tan feliz? ¿Por qué todo el mundo la admiraba? No podía evitar comparar mi vida con la suya, y siempre salía perdiendo.
—¿Vienes a comprar algo especial hoy? —preguntó Anielka, inclinándose sobre un montón de flores recién cortadas y seleccionando las más bonitas.
—Solo estoy mirando —respondí, tratando de no mostrar el nudo de envidia que se formaba en mi estómago.
La chica continuó atendiendo a los clientes, sin darse cuenta de los sentimientos turbulentos que albergaba. Para mí, cada sonrisa de Anielka, cada gesto amable, era como una espina clavándose más profundamente en mi corazón. No entendía que lo que sentía no era solo envidia, sino también amor, un amor que se enmascaraba detrás de mi constante comparación y deseo de ser como ella.
Mientras seguía observando, vi cómo una anciana se acercaba al puesto. La mujer llevaba un pequeño cesto lleno de bayas y parecía tener problemas para sostenerlo. Anielka, sin dudarlo un segundo, dejó lo que estaba haciendo y ayudó a la anciana, su sonrisa nunca desvaneciéndose.
—Gracias, querida. Eres un verdadero ángel —dijo la anciana, acariciando su mejilla.
—No es nada, señora Marlowe. Siempre es un placer ayudar —respondió Anielka, sus ojos verdes brillando con genuina bondad.
Sentí una oleada de resentimiento mezclada con un doloroso anhelo. Quería ser vista de la misma manera, ser el centro de atención, ser admirada por mi bondad y belleza. Pero, ¿cómo podría competir con alguien como Anielka?
Me giré, incapaz de soportar más la escena, y me dirigí a un rincón más tranquilo del mercado. Encontré un pequeño puesto que vendía amuletos y joyas hechas a mano. Los objetos brillantes y coloridos captaron mi atención, proporcionando un breve respiro de mis pensamientos oscuros.
Mientras examinaba los amuletos, una anciana vendedora se me acercó.
—¿Buscas algo en particular, niña? —preguntó con una voz suave y acogedora.
Levanté la vista, encontrando los ojos sabios de la anciana.
—Solo estoy mirando —respondí, pero mis ojos se detuvieron en un amuleto en particular, una pequeña piedra verde con un intrincado diseño de plata.
—Ese amuleto es especial —dijo la anciana, siguiendo mi mirada—. Se dice que tiene el poder de reflejar tu verdadero destino.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Tomé el amuleto en mis manos, sintiendo una extraña conexión con él.
—¿Cuánto cuesta? —pregunté, mi voz apenas un susurro.
La anciana sonrió.
—Para ti, es gratis. Creo que lo necesitas más de lo que piensas.
Agradecí a la anciana y guardé el amuleto en mi bolsillo, sintiendo un extraño alivio y curiosidad. Me preguntaba qué significaban realmente mis deseos y cómo este pequeño objeto podría ayudarme a descubrirlo.
Al regresar a casa al atardecer, no podía dejar de pensar en Anielka y el amuleto. Me sentía atrapada en un torbellino de emociones contradictorias. Me detuve en el claro del bosque, mirando el cielo que se teñía de naranja y rosa mientras el sol se ponía.
—¿Por qué no puedo ser como ella? —susurré al vacío.
Sin saberlo, la envidia que sentía era un reflejo de mi verdadera naturaleza, una herencia oscura que llevaba en mi sangre. Una herencia que un día podría descubrir, pero por ahora, solo era una joven perdida en sus propios deseos y confusiones, incapaz de ver el amor que yacía bajo la sombra de la envidia.
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